Los combatientes caídos en la Guerra

Categoría: Ejército (Page 18 of 19)

Marcelo Gustavo Planes

Un compañero de ley

Por: Ramiro Díaz.

Marcelo Gustavo Planes nació el 6 de abril de 1963 en Buenos Aires. Con el título secundario de Técnico Mecánico en el lomo, planeaba ser programador en computación. Sin embargo, al regresar de su viaje de egresados, en Brasil, lo esperaba la colimba.

Luego de haber completado el servicio militar, su suerte intentó postergar la tragedia al no ser seleccionado para la guerra. Tenía 18 años cuando decidió, por cuenta propia, ir a pelear a Malvinas. “Quiero ir con ellos, son mis compañeros. Yo no puedo quedarme acá”, le pidió a su cabo superior, cuando éste no lo nombró dentro de la nómina. Marcelo emprendió su viaje tres días después hacia las islas junto al grupo de Defensa Aérea 101.

Durante la batalla, el soldado les mandaba cartas a sus padres, Federico y Ana María. Les contaba que estaba bien; les mentía al decirles que no corría peligro porque las bombas caían lejos. “Cada uno tiene un destino y él fue un poco artífice del suyo. Por eso digo que mi hijo fue a cumplir su destino”, manifestó su papá.

Junto a sus compañeros defendía la posición en un barrio de la Península de Camber. El 14 de junio, a cuatro horas del final de la guerra, una bomba le quitó la vida. El día anterior, hubo un suceso que a su compañero y sobreviviente Néstor Moltrasio lo marcó para siempre. Tras desayunar debían retornar a la trinchera por un bombardeo, pero él no estaba. Lo llamaron hasta que apareció insistiendo que salieran del pozo. Entonces, vieron que quería asistir a un inglés mayor de edad asustado en un banco. “Sin decirnos nada, los cuatro rodeamos al viejito y lo abrazamos para que se sintiera protegido”, confesó Néstor. “Observé a Marcelo con una sonrisa en su rostro y sentí un fuerte orgullo de que sea mi compañero. En ese instante se convirtió en mi Héroe”.

Ramón Omar Quintana

El pibe que remontaba barriletes

Por: Federico Abet.

Ramón Omar Quintana nació el 13 de marzo de 1962 en San Miguel, General Sarmiento, provincia de Buenos Aires. Era hijo de Pitágoras Quintana y de Hidelina Salcedo, de nacionalidad paraguaya. Tenía una hermana llamada Elba. Creció en Quilmes, donde formó amistades con quienes compartía días enteros y juegos. Le encantaba remontar barriletes y jugaba al fútbol en el Club Atlético River Plate. Divertido y simpático, era el núcleo de atención en cada encuentro familiar. No le agradaban las bebidas alcohólicas, su comida preferida era el arroz con pollo y las milanesas, y su estilo de música favorito era la cumbia.

Estudió en el Colegio nº18 de la calle Mitre, en el partido de Avellaneda, hasta primer año. Luego comenzó a trabajar para ayudar a su familia que no estaba pasando un buen momento económico.

Lo convocaron para realizar el servicio militar en el Ejército e integró el Regimiento Infantería 7 “Coronel Conde”. El 9 de abril de 1982 fue la última vez que su madre lo vio. Aquel día, Hidelina lo intentó persuadir para que no fuera a la guerra, pero él se negó: “Yo voy a defender a la Patria”.  El 14 de abril llegó a Puerto Argentino para defender el sector Plata.

En las Islas Malvinas abarcó tres subsectores, entre ellos Monte Longdon y la península Camber. Falleció el 10 de junio de 1982 y su cuerpo fue encontrado por las tropas inglesas en Teal Inlet (Isla Soledad). Yace en el cementerio argentino de Darwin en el sector B, fila 1, cruz 11. Fue declarado “Héroe Nacional” por la Ley 24.950 y la municipalidad de Quilmes denominó con su nombre a la arteria 888 de San Francisco Solano y a un colegio de la misma localidad.

Rubén Norberto Ramírez

El soldado que no pudo cumplir con su carta

Por: Magalí Maciel.

Rubén Norberto Ramírez nació el 29 de octubre de 1962 en San Bernardo, Chaco. La familia estaba compuesta por sus padres Felipe Ramírez e Isabel Pacheco y fue el tercero de siete hermanos. Se crió en un campo alejado del pueblo, por ende, la primaria la realizó en una escuela rural llamada “Domingo Mateo”. No pudo hacer el secundario ya que era un sostén económico de la casa y ayudaba a su papá en el trabajo.

Era una persona alegre que le gustaba cargosear a sus hermanos y también protegerlos. Un chico alto, gordito y con bellos ojos negros. Alguien tranquilo, solidario, buena persona, por sobre todas las cosas, y muy familiero, según contó su hermano menor Orlando.

Rubén N. Ramírez

Rubén era católico, antes de irse a dormir la siesta acostumbraba a leer la Biblia. Por otro lado, le gustaba jugar a las bochas, su deporte favorito; no le interesaba mucho el fútbol u otros deportes. Y había algo que le encantaba: las comidas de su mamá. Sus preferidas eran la milanesa, el guiso y la sopa.

Cuando tuvo que prestar el servicio militar, su padre le hizo los documentos para que sólo fuera a firmar y volviera, ya que era el único que trabajaba para mantener su hogar. Le habían aprobado todos los papeles, aunque decidió cumplir con su deber. Así fue como se dirigió a la ciudad de Mercedes, Corrientes, donde fue soldado y formó parte del Batallón 12.

A sus 18 años, previo a viajar a Malvinas, envió una carta a su familia, diciendo que pelearía por su patria e iba a volver. Pero no fue así. Su rol en el combate fue de Tirador 2. En uno de los enfrentamientos que hubo en Darwin contra las tropas inglesas, supuestamente les expresaron que harían las paces. Entonces, los soldados argentinos bajaron sus armas. Sin embargo, los otros no. Sus restos yacen en las Islas por la cuarta fila del cementerio de Darwin.

José Antonio Reyes Lobos

La promesa de ver a Queen

Por: Lenny Prida.

José Antonio Reyes Lobos o “Popito”, como lo llamaban sus hermanas, viajó con 20 años a defender el país teniendo los papeles de la baja en la mano. Era el único sostén de su familia, dado que su mamá había quedado viuda.

La pasión por la música, especialmente por la guitarra, la compartía con sus hermanas, sobre todo con María. Solían escuchar a Queen y Pink Floyd. Una pasión que heredó de su papá cubano, José Antonio Reyes Carbonell. Días antes de subir al micro, le prometió que la llevaría al próximo concierto de Queen, ya que al primero no habían podido asistir.

El amor que tenía por sus hermanas era tal que hacía de poste para que jugaran al elástico o las consolaba luego de una película triste. “Mi hermano regalón, que me llevaba al cine, a merendar y pasaba el tiempo conmigo… pasaron casi 40 años y todavía me sigue emocionando”, recordó María.

“No era un chico alocado, era muy de la casa y de pasar los ratos con la familia”, lo describió su mamá. Soñaba comprar el terreno junto a su papá para construir la casa. El máximo deseo era que la “viejita” no trabaje más y disfrute de sus hijos.

Su mamá fue a buscar a “lobitos”, como solían llamarlo los compañeros, y sola se enfrentó a la noticia: “Al ver que no bajó, mi mamá preguntó por él y el capitán le dijo que luchó como un héroe, pero cayó en combate”, rememoró su hermana. Daban por sentado que estaba vivo: había mandado una carta el 14 de junio, último día de combate.

En 2015, su familia fue de las primeras en viajar a reconocer sus restos. Sin embargo, sólo se le permitió estar 40 minutos a cada pariente, teniendo que volver en el día. María sostiene que el reconocimiento a los combatientes no es el adecuado: “Hubo una falta de tacto increíble, mi hermano luchó y murió como un héroe, pero nadie lo reconoció”.

José Luis Ríos

El nene que jugaba con los soldaditos

Por: Gianluca Melogno.

José Luis Ríos nació en Villa Svea, ciudad de Misiones. Estudió en la escuela número 84 y se destacó por una conducta perfecta. Amaba a su país. Carlos Fernández, intendente de la ciudad y amigo de José, recordó: “De chicos jugábamos a los soldados con espadas de madera; a Luisito le tocó estar en esos momentos en los cuales la Patria puso en juego la vida de nuestra gente, de nuestros hombres, hoy Veteranos de Guerra”.

“Era muy querido por todo el barrio por el increíble entusiasmo que mostraba día a día, al igual que lo hizo en Malvinas. Cuando se fue a Corrientes para seguir la carrera militar lo extrañamos mucho, pero cada vez que venía reunía a toda la familia”, rememoró su hermana Margarita Ríos. Desde las Islas siempre le escribía cartas a su círculo íntimo demostrando mucho ánimo y las ganas de recuperar un territorio que siempre perteneció a la Argentina.

El 28 de mayo redactó una última nota, tres días antes de morir en combate. “Estoy en la trinchera, escribiendo sobre mis rodillas. Luchamos por la patria. Recen. Cuando vuelva, papá, vamos a tomar un vinito”, expresaba, sin saber que su padre había muerto unos días antes.

Margarita y Gladys, dos de sus 9 hermanas y hermanos, pudieron viajar a Malvinas a dejar unas flores y un rosario en su tumba. Ellas se enteraron por un llamado telefónico que José había pasado a ser tan solo un número: el 32. Por ese entonces los cuerpos no habían sido identificados. El cementerio es el único pedazo de tierra que Inglaterra considera argentino.

Cada 2 de abril, en su ciudad natal, se realiza un acto homenaje frente al busto que lo recuerda, sobre la calle que lleva su nombre. Allí, se mantienen vivos en la memoria colectiva los valores que el cabo primero José Luis Ríos siempre transmitió.

José Luis Rodríguez

El orgullo de Dolores

Por: Pedro Pérez.

José Luis Rodríguez nació en Mar del Plata, pero tras la Guerra de Malvinas se volvió hijo predilecto de la ciudad de Dolores, donde hace unos años la municipalidad lo homenajeó y colocó una lápida en el atrio de la parroquia Nuestra Señora de los Dolores.

José Luis fue el mayor de tres hermanos, vivió sus primeros años en Mar del Plata, luego en Santa Teresita hasta la separación de sus padres y se mudó con Luis Alberto, su papá, a Dolores. Sus estudios primarios los realizó en la Escuela de Educación Primaria Nº1 “Pedro Castelli”, los secundarios en el “ENET” con el objetivo de ser técnico mecánico tornero. “El Laucha” era disciplinado, siempre con buenas notas y logró su cometido de obtener el título terciario. Su hermano José y su amigo Leonardo Nordi lo recuerdan como alguien muy amigable con una gran calidez humana, que socializaba con facilidad y que tenía como hobby jugar al fútbol. Lo hacía en el Club Talleres pero era fanático de Independiente.

La última vez que vieron a José Luis fue cuando lo despidieron a través de la ventana del ómnibus, acompañado de sus compañeros soldados rumbo a las islas. “Con su uniforme verde y una expresión en el rostro que mezclaba alegría y emoción por la partida”, así lo cuenta José, su hermano menor.

Leonardo Nordi hizo el servicio militar junto al marplatense, fue su compañero hasta el último momento de su vida que lo llevó a la eternidad. También habló de la Batalla de Monte Longdon en la que Nordi estuvo al lado de Rodríguez cuando falleció. “Al momento en que los ingleses toman el monte, empieza el bombardeo, desde allí tenían una gran posición para ver nuestros movimientos. Una bomba cayó a medio metro de donde estábamos José y yo, a mí me hizo volar por los aires pero sobreviví, ‘El Laucha’ falleció en ese instante”. Nordi no pudo olvidar nunca ese momento, perdió a su gran amigo, por unos centímetros fue Rodríguez quien murió. Tardó muchos años en aceptar la vida sin “El Laucha”.

Daniel Omar Luque

Por: Dante Infantino.

Sin cancha, sin arco y hasta a veces sin pelota, el fútbol parecía ser el único recreo que Daniel Omar Luque tenía, pero no un recreo de la primaria o de la secundaria, sino de las arduas jornadas en el campo al que le dedicó casi toda su vida.

Oriundo de la localidad de San Luis del Palmar, Corrientes, “Dani” pasó ahí sus primeros años, hasta que la pérdida de su padre puso patas para arriba su vida y la de sus hermanos. En aquel entonces (cuando eran ‘’pobres, tristes y sin un peso’’ como recuerda su hermana María) su madre, Gabina, sabiendo que no iba a poder darle a su hijo la vida que merecía, decidió dejarlo con su tía. Mientras tanto, ella y su hija mayor probarían suerte en Buenos Aires.

Fue allí, en las desoladas tierras de Saladas, donde Daniel conoció las labores con el trigo y el maíz.

Día tras día, cosecha tras cosecha y siembra tras siembra, fue marcando su personalidad. “Un chico de campo, inocente pero picarón, tranquilo pero bromista, comprensivo pero terco. Dual como cualquier pibe en esos años”, lo describen sus hermanos.

No fue sino hasta los diecinueve que, por primera vez, tuvo la oportunidad de viajar. Lo esperaba la guerra y el destino terrible que comparte con más de 600 argentinos. El frío austral de las islas debió ser terrible, más para Daniel que nunca había experimentado algo semejante, o al menos así lo supone su familia, que nunca pudo comunicarse.

Sin saber leer o escribir, Daniel embarcó a las Islas Malvinas el 15 de abril de 1982. Su madre y sus hermanos, aún en Buenos Aires, se enteraron varias semanas después. Su tía, ‘’la Blanca’’, lo despidió muy triste, pero con la falsa promesa de que serían tan solo por unos meses.

Jorge Alberto Lamas

Por: Nahuel Contreras.

Jorge Alberto Lamas era un muchacho muy inteligente, amante de las matemáticas aunque no le gustaba estudiar. Pasaba su niñez jugando a la bolita y a los soldaditos, pero con una salvedad: no se arrodillaba para mantener su ropa intacta de cualquier mancha.

El padre de Jorge había muerto cuando él tenía apenas siete años, y su hermana Stella Maris, cinco. Desde ese momento Jorge se puso la familia al hombro, sintió que debía hacerse cargo vigilando la casa, o simplemente haciendo los mandados. Cada día, cuando su mamá Julia se iba a trabajar, el pequeño quedaba a cargo de todo y de todos.

El 11 de abril de 1982 -domingo de Pascuas- fue la última vez que Julia y Stella vieron a Jorge. Al día siguiente, embarcó y emprendió viaje con rumbo Sur. Lamas se fue tranquilo y no tuvo miedo: “El creía que los ingleses no iban a llegar nunca a las islas. Antes de partir, Jorge intuyó que algo malo pasaba porque llevaban mucho material bélico”, dijo su mamá.

Una vez instalado en las Islas Malvinas, la comunicación con su familia fue muy esporádica. Tanto las cartas como las encomiendas tardaban mucho en llegar. Tanto que la última que recibió la familia de Jorge fue después de saber que había caído en combate: “Mamá estoy bien”, le escribió de puño y letra a Julia para dejarla tranquila, al mismo tiempo que le pedía que le mandara chocolates para combatir el frío.

Jorge Alberto Lamas, alegre, divertido, sano, familiero y bondadoso. Según sus compañeros: “Donde estaba Jorge, solamente existía alegría”, dicen. Muchos fueron los reconocimientos que recibió en las últimas cuatro décadas, entre ellos un emotivo homenaje que en 2014 le brindó el Concejo Deliberante de Balcarce. Una ciudad que está muy orgullosa de haber albergado a uno de los tantos héroes de Malvinas.

Raúl Dimotta

Los recuerdos siempre están

Por: Angel Solís.

Los refugios son los lugares donde una puede sentirse segura y fuera de peligro. La ‘Plaza Sargento Raúl Dimotta’ que lleva el nombre de su hermano y que está ubicada en Almirante Brown y Rúben Darío, en Gualeguaychú, es el lugar donde recurre cuando necesita la compañía de alguien. “Siempre estoy malvinizando de alguna manera”, dice Nora Dimotta, la hermana menor de Norma y de Raúl o “Lito”, como lo conocieron sus familiares y sus amigos, el hombre que le puso su nombre a la plaza. “Una persona especial”, fue el adjetivo que no faltó en ninguna oración de la reconstrucción del ex combatiente de la Guerra de Malvinas.

Nació el 12 de diciembre de 1958 en Goya, Corrientes. Antes de sus 15 años “Lito” ya sabía lo que quería para su vida. Sus padres Ociel Ángel Dimotta y Diamantina apoyaron su decisión; de hecho, su padre fue militar y acompañó al joven Raúl a Buenos Aires para comenzar su carrera militar. Allí fue donde conoció a uno de sus grandes amigos, que lo acompañaría en la continuación de su vida, Carlos Corsini.

Carlos, que hoy tiene 60 años, pensó por entonces rápidamente en una salida al cine en la calle Lavalle. “No me acuerdo de la película que íbamos a ver, pero era una de esas prohibidas para menores. Nosotros nos creíamos mucho más grandes por ser militares. Para entrar mostramos nuestros documentos de la Fuerza y el vendedor nos dijo: ‘Sí, son militares pero no pueden entrar’”, cuenta con risas, en medio de aquella vergüenza que pasaron frente a las demás personas de la fila. 

“Raúl era de esa inocencia”, dijo al finalizar su recuerdo y volvió a repetir la definición de “especial”, así como ya lo había hecho Nora.

Raúl no estaba destinado a ir al frente de Malvinas, pero por su amor a la patria eligió ir en la oportunidad que tuvo en el helicóptero PUMA Alfa Eco 504. Sus compañeros lo esperaron pero nunca volvió de ese trágico accidente donde perdió la vida a manos de un misil inglés el 9 de mayo de 1982

Jorge Daniel Ludueña

Por: Gustavo Marto.

Esta es la historia de una carta que nunca pudo ser enviada y la de un jovencito que, sin quererlo, se convirtió en el héroe de su ciudad. Cuando en febrero de 1982 partió rumbo a Comodoro Rivadavia para iniciar el servicio militar en el Regimiento de Infantería 8, Jorge Daniel Ludueña tenía 18 años. Había nacido el 4 de noviembre de 1963, en la localidad de Las Varillas, departamento de San Justo, en la provincia de Córdoba.

Hoy, su mamá Manuela recuerda cómo fue aquel momento: “Estaba trabajando en un taller mecánico, le gustaban los autos. No le gustaba mucho estudiar y no era muy buen alumno. Eso sí, siempre fue muy querido por sus compañeros y maestros, en la única materia en la que siempre traía buenas notas era en ‘Deporte’, pero era un alumno excelente en conducta”.

La pasión del adolescente era el fútbol. Hincha de River, pasaba horas jugando en el club Huracán. Era alto, tranquilo, callado y algo tímido. Disfrutaba pasando el tiempo en casa, en el campo, andando en bicicleta y compartiendo asados en familia o con amigos. “Era un santo, un hijo ejemplar”, se sigue emocionando su mamá cuatro décadas después.

Jorge amaba a su familia y tenía una especial debilidad por “Marita”, su sobrina de tres años, hija de su hermana Estela: “Tenía devoción por ella”, cuenta su madre, quien asegura que la niña vivía en brazos de Jorge. Marita casi no tiene recuerdos de su tío, pero la emoción y el orgullo la invaden cada vez que le hablan de él y se reconoce parte de su historia, tanto que Manuela recuerda que ella cargaba a su pequeña nieta en brazos cuando aquella tarde de mayo de 1982 llamaron a su puerta para darle la noticia del fallecimiento de su hijo. “Cuando nos despedimos de Jorge, estábamos convencidos de que pronto íbamos a volver a verlo. Antes de Malvinas manteníamos correspondencia todo el tiempo, incluso pude viajar una vez a Comodoro a llevarle cosas pero no pude verlo”.

Jorge no murió en combate, sino a raíz de una intoxicación por ingerir comida en mal estado. A los 15 años había sufrido problemas hepáticos y no resistió. Todavía hoy el dolor más grande de su madre es no saber si Jorge sufrió. Durante años la invadió una enorme tristeza y buscaba a su hijo cada vez que viajaba a Córdoba Capital, con la esperanza de encontrarlo “perdido en la ciudad”, como ella misma define. Lo buscaba en los rostros de otros chicos, cuando miraba fotos de ex combatientes y durante mucho tiempo soñaba con verlo llegar en su bicicleta como todos los días.

Durante el corto tiempo que pasó en Malvinas, Jorge escribió una sola carta para su familia, que nunca pudo ser enviada. El texto fue rescatado entre sus pertenencias por el suboficial de la Armada Miguel Angel Gaete, y recién en 2019 pudo ser entregado. En ella, Jorge le contaba a su mamá que estaba bien, que esperaba volver pronto, y pedía que le envíen un sweater y medias porque hacía “mucho frío”.

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