Los combatientes caídos en la Guerra

Categoría: Ejército (Page 19 of 19)

Gerónimo Maciel

Por: Facundo Volcovich.

Gerónimo Maciel nació en “Presidencia de la Plaza”, cien kilómetros al oeste de Resistencia, Chaco, en 1962. Hijo de Jesús Maciel y Genara López, vivió junto a sus cuatro hermanos y dos hermanas en una casa de campo con muchos animales, rodeada de un patio con algarrobos frondosos y prolijos.

“Era travieso, pero todos lo querían y tenía muchos amigos”,rememoró la madre de Gerónimo. “Le gustaba pasar el día con ellos jugando al fútbol, salir a bailar por las noches y se llevaba muy bien con los animales, entendía cómo cuidarlos”, continuó.

Antes de irse a cumplir el servicio militar, un vecino dueño de una gran estancia le propuso que trabajara con él cuando volviera al pueblo, luego de ver lo bien que se desempeñaba atendiendo a los caballos y las vacas. Sin embargo, no pudo regresar.

Poco tiempo después de terminar la colimba, en abril de 1982, mientras viajaba a la capital de Chaco para volver al cuartel de la compañía, a Gerónimo le llegó la noticia de que el ejército inglés estaba llegando a las Islas Malvinas. Al final del mismo mes se fue a la guerra como soldado conscripto del Regimiento de Infantería 5 del Ejército.

 “Al poco tiempo de llegar, el subteniente Emilio Samyn Ducó lo ascendió a secretario, dado que era un soldado muy cumplidor con sus deberes”, contó Jorge Cantero, compañero suyo de regimiento, quien lo recordó como “un buen vago” y que “se llevaba bien con todos”.

El deseaba volver al campo, era lo que más quería. “Vos sabés, ‘Canterito’ ¿será que se va a terminar esto?¿O vamos a terminar todo acá en la isla?”, le preguntó a su compañero. Quería volver a su casa para cuidar de los animales, la chacra y comer pan casero, torta frita y batata asada que cocinaba su madre. Así se lo había escrito a ella en una carta que nunca le pudo entregar.

 A su compañía le designaron ir a Puerto Mitre (Puerto Howard), en el noreste de la isla Gran Malvina, para contrarrestar una posible ocupación británica. Fue allí donde el 26 de mayo por la mañana, en un bombardeo por parte de dos aviones Sea Harrier, la cancha de fútbol se quedó sin su jugador, la pista de baile sin su bailarín, y los caballos sin su cuidador favorito.

Fernando Jesús Lugo

Por: Emiliano Attadia.

Fernando Jesús Lugo fue el 10 de Boca que no tuvo la oportunidad de demostrar toda su condición futbolística, porque una guerra se la arrebató. “El Chino”, como solían llamarlo sus amigos y familiares, se crió pegado a la radio, atento a cada resultado del Club de la Ribera durante la década del ’70. Por ironías del destino, a su jugador favorito también lo apodaban “El Chino”. Y hay más, porque tanto Fernando como Jorge José “El Chino” Benítez eran de contextura baja y delgado, ideales para un volante rápido y con llegada.

Lugo nació en Laguna Blanca, una localidad de Chaco en la que pasó la infancia y adolescencia, antes de mudarse a Makallé. Los días se compartían en familia. Con Don Gregorio, su padre; Apolinaria, su madre (que había tenido cuatro hijos de su anterior matrimonio); y su media hermana Nilda, que hoy lo sigue recordando muy cercano: “Era una vida muy linda. Teníamos más cosas para entretenernos que el día de hoy. Nos gustaba fabricar barriletes, teníamos mucha imaginación para hacer esas cosas”.

Fernando había tomado la comunión y asistía a misa los domingos y era feliz con lo que tenía. Además del fútbol, estaban las figuritas (con las que, de paso, aprendía cosas), las bolitas y, por supuesto, la gomera, con la que mostraba su destreza: “Tenía una puntería extraordinaria”, recuerda Dante Cuadra, su amigo de la infancia.

Era inquieto e imparable. Cuando no estaba practicando natación en una laguna cercana, se fabricaba guantes de boxeo caseros para emular a Carlos Monzón.

Pero la guerra de las Malvinas fue la injusticia más grande que le tocó vivir. En mayo de 1982, le tocó formar parte de la Compañía “A” del Regimiento 12 de Infantería de Mercedes, Corrientes, y combatir en las batallas más sangrientas: en Pradera del Ganso y en Puerto Darwin. Tus restos descansan allí, pero su sonrisa pícara está en la mente de todos los que lo recuerdan.

Marcelo Gustavo Cini

Claveles al mar

Por: María Eugenia Oliva.

En Paso del Rey una calle lleva su nombre a modo de homenaje, pero me atrevo a pensarlo como un pedido a gritos hacia toda la sociedad, a veces adormecida, para que no olvide a quienes dieron su vida, su corta vida en este caso, para defender el país que anidaron desde la cuna.

Marcelo Gustavo Cini era su nombre, “El Conejo” para sus compañeros del Liceo General Roca por sus dientes centrales que llamaban la atención en su rostro delgado, sus ojos marrones hacían juego con el de su pelo, el que se dejaba ver cuando el humo de los “Pullman” que fumaba desaparecía por completo. Tenía 20 años, una novia, padres, 3 hermanos y un Citroën que lo esperaba para ser reparado.

Calle “Soldado Cini”

“Era un tipazo, muy generoso, buen compañero, tranquilo y alegre”, así lo recuerda Marcos Medina, quien compartió 86 días junto a Marcelo en la compañía 185 hasta aquella mañana nublada de la expedición. Dos helicópteros partieron con la misión de investigar el posible arribo de tropas inglesas, pero uno nunca regresó.

El 30 de abril de 1982 se confirmaron las primeras muertes tras caer el helicóptero AE 419 en el que viajaba Cini junto a 9 compañeros, en las costas de Caleta Olivia. Si bien no hay registros oficiales del hecho, ni peritaje alguno, lo sucedido fue considerado un accidente que dejó una huella tan profunda como el mar.

Recordado como un “bohemio” y dueño de una sensibilidad especial que distaba mucho de los gobernantes de la época, Marcelo Gustavo Cini, ascendido a cabo post mortem, integra la nómina de los caídos en Malvinas, esa lista que duele y tensa el pecho, la que debe estar grabada en la memoria del pueblo despierto para reconstruir la historia todos los días más lejos del olvido, más cerca del encuentro.

Víctor Jesús Benzo

Una luz cegadora lo abatió en altamar

Por: Jessica Meza y Santiago Fiorda.

Una bengala centelló en la noche y fue una señal de muerte en aguas del Atlántico Sur. Aquella luz mortal marcó el destino de Víctor Jesús Benzo, nacido el 21 de setiembre de 1948. Momentos después, una bala de cañón le quitó la vida.

Pasaron 39 años. Benzo era un sargento ayudante del Ejército. Era mecánico óptico del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas (antes CITEFA, ahora CITEDEF). El experto fue uno de tantos en las tropas enviadas a Malvinas por la dictadura del general Leopoldo Galtieri.

Benzo egresó de la Escuela de Mecánica del Ejército “Teniente coronel Fray Luis Beltrán”, el 26 de febrero de 1962. En el momento de la recuperación de las islas por comandos de la Armada, la acción que desató el conflicto armado, el sargento llevaba 20 años en las fuerzas armadas.

Su vida, la de su esposa, María Nardulli, y la de sus tres hijos, Mariana (de nueve años), Verónica (de siete años) y Matías (de dos años) cambiaron para siempre el 10 de mayo de 1982.

Benzo estaba embarcado en el ARA ”Isla de los Estados”, en momentos del transporte, entre otros pertrechos, un lanzacohetes denominado SAPBA. Su poder de fuego se basaba en cohetes de 127 milímetros, de corto alcance.

El destino asignado por la fuerza para aquellos materiales bélicos era el llamado Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS).

El barco quedó de pronto al descubierto, iluminado en altamar. La bengala atravesó la oscuridad nocturna y lo convirtió en un blanco visible. El artefacto luminoso marino había sido lanzado desde el buque inglés HMS ¨Alacrity ¨.

El ARA Isla de los Estados recibió dos impactos de bala de cañón. El primero hizo volar el puente de mando. El segundo ocasionó una explosión que provocó el escorado y hundimiento de la nave. Murieron 21 de los 23 tripulantes, entre ellos Benzo.

Después de 36 años, en agosto de 2018, sus restos fueron identificados en el Cementerio de Darwin, en la Isla Soledad, junto a cientos de sus compatriotas.

Ambos, después de tanto tiempo, dejaron de ser Soldados Argentinos Solo Conocidos por Dios, como rezaban, en inglés, las leyendas de las blancas cruces sembradas en Darwin. Casi no hay ya cuerpos sin identificar por la labor de la Cruz Roja y el prestigioso Equipo Argentino de Antropología Forense.

En 2018, veteranos de guerra zarateños viajaron al archipiélago, en uno de los viajes humanitarios pactados por los gobiernos argentino y británico, y pudieron dar su merecido homenaje a Benzo.

Julio Romero

Un héroe en movimiento

Por: Agustín Villaverde.

“La meta de Julio era comprarles un terreno a mis padres para que no trabajen más y estén los sábados y domingos en mi casa”, recordó Susana Romero, hermana de Julio Romero, quien nació en Puerto Tirol, Chaco, y era de origen Toba.

En una familia unida, de padres que se dedicaban a la cosecha, Julio fue el cuarto en nacer. De sus trece hermanos, actualmente viven diez. Apasionado por los juegos y los deportes, su hermana Susana rememoró: “Siempre me acuerdo de las kermeses. Ganaba todos los juegos. Le encantaba el fútbol y era hincha de River Plate”. Siempre estaba en movimiento, haciendo alguna actividad. “Le interesaba estudiar y escribir. Pero una de las cosas que más le gustaba era ayudar a sus padres en la chacra”, dijo Estela Romero, su sobrina.

A los 19 años debió ir a Malvinas, donde integró el Regimiento 12, compañía B y se desempeñó como chofer mecanizado. Su madre, Avelina de Romero, cotidianamente se dirigía a la comisaría, al juzgado o la municipalidad en busca de información sobre su hijo. “Era muy familiero”, recordó su hermana Susana.

Julio falleció el 12 de junio a las dos de la madrugada. Su madre se enteró porque recibió un llamado de la comisaría. “Cuando la llamaron, fue y volvió solita. Las piernas, en el camino, le pesaban del dolor”, aseguró Susana. Y lamentó: “A los 62 años, a mi mamá le agarró Parkinson por la tristeza. Hace dos, murió”.

Su sonrisa, su compañerismo y la manera de cuidar a los hermanos son las huellas que dejó Julio en la familia. “Siempre lo recordamos ¿Cómo lo vamos a olvidar si dejó la vida por su patria con 19 años?”, sentenció su sobrina Estela.

Bernardino Benito Almaraz

Por: Nicolás Díaz Colautti.

Bernardino Benito Almaraz en el documento,”Tito” para los conocidos. Nacido en Gancedo, Chaco, convivía en una familia humilde de 11 hermanos. Según Ramona, dos años menor, una de las cinco mujeres, era “una persona excelente”. Futbolero e hincha de Boca, no pudo estudiar más que hasta el tercer grado, debido a que trabajaba con su familia en la cosecha de algodón. Apenas si había aprendido a leer y escribir.

Ramona estaba aterrorizada porque se enteró que iba a ir a Malvinas. Ella le sugería: “No vayas, escondete”, pero él respondía: “Tengo que ir. Si no van a lastimar a nuestros padres. Yo tengo que volver”. Una tarde le susurró: “Bajale a la radio”, para que sus padres no escucharan su nombre cuando pasaran la lista de los reclutados a la guerra. Soñaba en grande: regresar y terminar la escuela, trabajar en otro ámbito y formar una familia.

Las casualidades de la vida derivaron en que coincidiera en Malvinas con su primo Héctor Rubén Urquía. Criados juntos,hicieron a la par el Servicio Militar y estaban en el mismo regimiento (Infantería nro. 4). Pese a que no viajaron en el mismo contingente, se encontraron las islas. Fue un instante, apenas un momento pero lleno de emociones. Héctor le decía: “Cuidate. No sabemos cuándo vamos a volver”. Según él, Bernardino “no era consciente y tenía miedo. No sabía lo que era una guerra”. No le contestaba a su primo. Encima los británicos desembarcaron donde él estaba…

Fue con tres primos a Malvinas. Los tres volvieron. A su casa llegaron papeles, una medalla que usaba en el cuello y un reloj, el mismo que se había comprado con Héctor antes de ir a Malvinas. En Gancedo hay un monolito con su imagen en la plaza San Martín. Todavía se ilusionan con que su cuerpo sea identificado; mientras eso ocurre, descansa bajo los cielos del sur con una cruz blanca que dice “soldado argentino sólo conocido por Dios”.

José Luis Allende

Por: Tomás Correa.

El cordobés José Luis Allende nació en la capital provincial pero cuando terminó la primaria se mudó a la ciudad de Leones para continuar los estudios.

Su gran voracidad para aprender y su personalidad extremadamente respetuosa son las características que repiten quienes hablan sobre él, ese albañil morocho de ojos verdes que vivía en el barrio La Fortuna y disfrutaba escuchando cuarteto. Lo recuerdan con su andar pausado, que recordaba al personaje “Minguito”, intentando siempre ayudar y sumar su granito de arena desde donde le tocara, considerado gran compañero y, sobre todo, un camarada que estaría dispuesto a cumplir las órdenes.

Con solo cinco meses de instrucción como soldado ya había entendido el valor de la vida de sus camaradas, pero que tal vez no le hizo falta un entrenamiento militar o una orden que lo incentive a cooperar, estaba en su forma de ser las ganas de apoyar a quien lo necesitara. Combatía en Malvinas como parte del Regimiento de Infantería Mecanizado nro. 25, cuando cerca del mediodía del 28 de mayo, durante la batalla de Pradera del Ganso, junto a Ricardo Austin intentaron tomar por asalto las ametralladoras británicas que estaban causando bajas. Cruzaron el alambrado que dividía ambos bandos y fueron abatidos cuando los descubrieron.

Allende murió con un fusil entre sus manos y un rosario en el cuello que le representaba la protección de María. Un busto en la Plaza Malvinas Argentinas, de Leones, lo perpetúa en la memoria del pueblo.

Raúl Alegre

Por: Dolores Cervetto.

El 26 de mayo de 1982 dos aviones Harrier bombardearon Howard, rebautizado Puerto Yapeyú, en la Bahía San Carlos, de la isla Gran Malvina. Allí estaba resistiendo el Regimiento de Infantería Mecanizado nro. 5 y durante el ataque a la posición C murieron cuatro soldados argentinos.Entre ellos estaba Raúl Alegre, un joven que era cocinero en el Casino de suboficiales. Un excelente soldado, reservado y lleno de sueños.

Todavía no fue hallado entre las ruedas de reconocimiento que hace la Cruz Roja desde hace años. Raúl Alegre es un soldado “sólo conocido por Dios” que fue a la guerra, luchó y falleció defendiendo la bandera celeste y blanca.

Había nacido en la comunidad Qom de Puerto Bermejo, Chaco, donde el eje central es la organización familiar.Alegre dio la vida por su país a pesar de saber que las autoridades argentinas los llamaban “indios Tobas”, con intención peyorativa. Solo hubo dos representantes de la comunidad Qom en la Guerra de Malvinas, Raúl y Celso Alegre, que con su sangre regaron el suelo de las Islas Malvinas.

El 25 de mayo, como todos los soldados de Malvinas, los del Regimiento nro. 5 iban a buscar chocolate caliente para tomarlo todos juntos, cumpliendo con la tradición de la fecha patria pero por el mal clima lo postergaron para el día siguiente.

El 26, el sargento López los convocó a tomar chocolate cuando sonó la alerta roja: se encontraron con el primer caza Harrier abriendo fuego de ametralladora y el segundo, tirando las bombas que dejaron un tendal de heridos de gravedad y muertos.

Raúl Alegre sufrió impactos de esquirlas en la base de la cabeza y el abdomen y su muerte fue casi instantánea. Lo enterraron en el Puerto Argentino hasta que, después de la guerra exhumaron y trasladaron el cuerpo a un cementerio.

Celso Alegre

Por: Valentino Benzo.

En La Leonesa, provincia de Chaco, nació y se desarrolló Celso Alegre. Iba a la escuela Paraje Yatay y era un joven estudioso al que le encantaba la música, más que nada cuando escuchaba a su padre rasgando el arpa, incluso él tocaba la guitarra con su abuelo.

Era un muchacho tranquilo de la comunidad Qom. Conversaba poco. En su casa nunca presentó una novia, por lo que nunca se supo si tuvo o no algún amor juvenil. Tampoco era hincha de algún club, porque el fútbol le daba igual, no le interesaba para nada.

Con tan solo 18 años le tocó embarcar a Malvinas, primero pasando por el Regimiento de Infantería Mecanizada nro. 12 de Mercedes. Al principio no le disgustaba, ya que su amigo José también iría aunque, finalmente, tuvo la fortuna de quedarse en Tierra del Fuego y no pisar el lugar donde se desarrolló el doloroso conflicto bélico.

La familia estuvo siempre pendiente al resultado de la guerra, y, por consiguiente, si Celso volvería o no. Héctor Ramón Alegre, su padre esperó por décadas su regreso: desde 1983 y durante treinta y cinco años cada domingo izaba una bandera argentina esperando el regreso que nunca sucedió. No podía aceptar la muerte de su hijo si no veía su cuerpo. A sus 95 años, don Héctor murió el 3 de junio de 2017, sin saber que Celso había fallecido el 10 de junio de 1982, en Darwin, poco antes de cumplir 20 años.

Celso es uno de los 122 soldados argentinos “Sólo conocido por Dios” que recuperó su identidad. Su madre fue la única persona que recibió el informe de la Cruz Roja, que daba cuenta de la identificación de sus restos.

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