Los combatientes caídos en la Guerra

Categoría: Ejército (Page 18 of 19)

Claudio Alejandro Romero

El valor de la palabra hasta el final

Por: Facundo Fernández.

Uno de nuestros tantos héroes nació un 16 de diciembre de 1962 en la localidad de San Miguel, partido de General Sarmiento, provincia de Buenos Aires. El hijo de doña Sara Soto y don Luis Romero estudió en la Escuela N°23 “Tambor de Tacuarí” (hoy Martin Fierro), del barrio Mariano Moreno, Los Polvorines.

Con 18 años se presentó al distrito militar General San Martín. Allí fue designado a cumplir con su servicio en el “Grupo de Artillería de Defensa Aérea 101”, Teniente Pablo Ricchieri, donde integró la Batería de tiro “B” Independencia. A Claudio lo querían mucho los “colimbas” y lo apodaron “Romerito”. Su compañero Carlos Lunti lo recuerda como “un tipo sencillo, humilde y de pocas palabras. Algo rudo pero macanudo, que constantemente estaba cerca de los alborotos que se armaban”.

En Malvinas estuvo en el oeste de la Península Camber. Y es el día de hoy que sus pares lo recuerdan como un buen camarada, dispuesto a brindar ayuda a los demás, hasta en los momentos más difíciles. Con una anécdota lo describe su compañero Gustavo Yamamotto: “Era una fría mañana y habíamos ido a buscar agua a un charco para preparar mate cocido. De repente, escuchamos el sonido a lo lejos de una flota de aviones Harriers que venían dispuestos a atacar el aeropuerto de las islas. Se alistaron y Romerito en su rol de combate sirvió la carga de proyectiles y comenzaron los disparos, así fue como el enemigo tuvo que abortar esa misión, mientras se oían nuestros gritos de ‘Viva la Patria, ¡Carajo!’”.

El 14 de junio de 1982, Claudio Alejandro Romero falleció en combate pasando a formar parte para siempre de los heroicos centinelas, dando valor a su palabra de honor de “defenderla hasta perder la vida”. 

José Luciano Romero

Un chamamé que sigue sonando

Por: Micaela Trípodi.

En La Plata, hace apenas unos años conocieron la existencia de José Luciano Romero. Vivió toda su niñez en Corrientes hasta que, junto a su madre Gabina y sus trece hermanos, se trasladaron a la ciudad que se divide entre Pincharratas y Triperos.

Aunque pasó los últimos momentos de su vida en Buenos Aires, Romero era perugorriano de corazón. Nació el 19 de marzo de 1963 en la localidad de Perugorría, departamento de Curuzú Cuatiá, y realizó la primaria en una pequeña escuela en Paso Tala. La única que existía por aquel entonces.

Al mismo tiempo que estudiaba, José comenzó a trabajar. Plantaba choclo, arroz y zapallo mientras, como un auténtico correntino, escuchaba chamamé. Debido a la extrema pobreza que atravesaba su familia, se vio obligado a dejar de lado las tardes de fútbol con los niños de la zona que tanto disfrutaba al terminar su tarea en las plantaciones, y emigró hacia La Plata. Allí consiguió empleo en un frigorífico.

Con aquel trabajo parecía que su vida se iba acomodando. Pero recibió el llamado que cambió sus planes por completo. Su participación en el servicio militar lo llevó luego a la Guerra en las Islas Malvinas. Con escasa preparación, se le fue asignado el rol de combate de tirador y abastecedor de la ametralladora MAG.

En el cerro Dos Hermanas, mientras colocaba las minas en el terreno, el soldado Romero fue atrapado de manera inesperada por los británicos y sucedió el desenlace fatal. Murió el 6 de julio de 1982, con 18 años.

Hoy, José Romero está presente en sus dos hogares: se le rinde homenaje en La Plata, así como en su querida Perugorría, donde un pasaje en el barrio 30 viviendas lleva su nombre. En el pueblo que lo vio nacer su nombre quedará grabado para siempre.

Ricardo José Luna

Por: María José Escalante.

“Entendé que hice un juramento a la Patria y a la bandera, y voy a cumplir con eso, defendiéndolas hasta perder la vida”, le dijo el soldado Ricardo José Luna a su mamá Elsa cuando se despidió de ella, el 13 de abril de 1982, para partir a Malvinas. Fue ese domingo , frío y nublado, la última vez que vio a su familia.

Ricardo José, o “Pato” como le decían sus familiares y amigos, nació en el Hospital Zonal de Agudos “Blas Lorenzo Dubarry” en Mercedes, provincia de Buenos Aires, el 14 de marzo de 1962. Séptimo hijo de once hermanos, cuatro mujeres y siete varones. Cursó sus estudios en la escuela N° 13 General Viamonte de su ciudad natal que lo recuerda con una placa con su nombre, al lado de la figura del padre de la patria, Don Jose de San Martin.

Elsa se hizo cargo sola de la crianza de Ricardo y sus hermanos, tras el abandono de su padre. La humildad y las ganas por progresar que aprendió desde chico, lo llevaron a trabajar a él, como sus hermanos, desde muy temprana edad.

Antes de enrolarse al servicio militar obligatorio y de pertenecer al  Regimiento 6 de Infantería Mecanizada “General Viamonte”, trabajó en una fábrica de broches y secadores de plásticos, hasta quedar cesante.

Rosa Luna, su hermana más chica, recuerda la última vez que compartieron un almuerzo,  ya estando él en el servicio militar y con la noticia de su partida a las Islas: ”Lo note ansioso y nervioso por ir Malvinas, sacó de su fajín unos cigarrillos y empezó a fumar. Nunca antes había fumado”.

También, recuerda su manera alegre y jovial de ver la vida, lleno de proyectos y con futuro prometedor: “Pensaba en casarse con su noviecita con la que estaba hacía tres años, después de terminar el servicio, para formar una familia”. La misma energía vital que lo caracterizó, según se enteró su propia hermana de boca de quienes compartieron pelotón, como el animador del grupo.

Fanático del folclore, del Trío San Javier, Los Chalchaleros y Horacio Guarany, con un patriotismo mucho antes de Malvinas, a tal punto  de que no escuchaba la música de moda de la época, como los Bee Gees.

La menor de sus hermanas, recuerda que en un pedazo de hoja de papel, que aún guardan, les escribió una carta a todos en la que les remarcaba muchas veces: “Estoy bien”. “Lo único que nos pedía -con la condición de ‘solo si podían’- era mandar sal para comer los corderos” que les dejaban matar los jefes militares.

En la última carta que les envió les volvió a recalcar que “por el juramento a la Patria y a la bandera, iba a cumplir, defendiéndolas hasta morir”.

Fue así que cayó en Coldtown el mismo día que terminó la guerra. La madrugada del 14 de junio. En esa zona, aún no había llegado la información del cese del fuego. Sus restos, descansan bajo la cruz blanca del cementerio Darwin, en la Isla Soledad de las Malvinas Argentinas.

Hoy en su ciudad, Mercedes, además de las muchas conmemoraciones que hacen honor a los caídos de Malvinas, uno de los camiones de la empresa “Puerto Argentino”, de Aldo Franco, ex combatiente, lleva su nombre. Así, se reconoce a través de las rutas argentinas, el enorme significado de quién fue el soldado Ricardo Luna.

Alberto Daniel Petrucelli

Una historia de vida y de muerte

Por: Paloma L. Cukiernik.

–¡Ay, mamá!

Esas fueron las últimas palabras de Daniel Alberto Petrucelli antes de fallecer en la batalla de Monte Longdon el 12 de junio a la medianoche. La causa fue el impacto de una granada dentro del pozo donde se encontraba junto al cabo Osvaldo Pedemonte y sus compañeros Ronconi y Maidana. La explosión lo alcanzó en toda la cabeza y la espalda dejándolo moribundo. Sus restos descansan en el cementerio de Darwin, en la cruz 3 de la fila 1, sector A.

Petrucelli había hecho todo el servicio militar a cargo de Pedemonte, con la baja por buen comportamiento en diciembre incluida, y fue su superior cuando lo regresaron para combatir en Malvinas. “Era un pibe muy bueno, obediente y predispuesto. No había que repetir muchas veces las cosas para que él se diera cuenta lo que querías decirle. Y además tenía ganas de aprender”, recordó el Cabo.

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¡Plin!

Mensaje directo de Instagram.

Laura Cecilia Petrucelli: Hola, mi tía se contactó con la hermana del soldado y no quiere que le realicen ninguna entrevista porque le hace muy mal. Agradece el interés pero fue un evento muy traumático para la familia y no quieren revivirlo.

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Tenía 19 años y la ilusión de dedicarse a la fotografía. Había estudiado en un colegio técnico de Remedios de Escalada, pero tuvo que dejarlo. Le gustaba jugar al fútbol en el potrero. Su otro interés eran los autos. “Conducía un ‘Fitito’ que lo llevaba a todos lados; siempre me alcanzaba hasta mi casa”, rememoró su prima.

El oriundo de Lomas de Zamora era familiero; la única carta que le llegó a su familia de las muchas que escribió fue la última y “prácticamente, era de despedida”, afirmó la prima. Cuando fue al servicio militar su hermana estaba embarazada. Su sobrina nació en el mismo momento que él murió.

Marcelo Gustavo Planes

Un compañero de ley

Por: Ramiro Díaz.

Marcelo Gustavo Planes nació el 6 de abril de 1963 en Buenos Aires. Con el título secundario de Técnico Mecánico en el lomo, planeaba ser programador en computación. Sin embargo, al regresar de su viaje de egresados, en Brasil, lo esperaba la colimba.

Luego de haber completado el servicio militar, su suerte intentó postergar la tragedia al no ser seleccionado para la guerra. Tenía 18 años cuando decidió, por cuenta propia, ir a pelear a Malvinas. “Quiero ir con ellos, son mis compañeros. Yo no puedo quedarme acá”, le pidió a su cabo superior, cuando éste no lo nombró dentro de la nómina. Marcelo emprendió su viaje tres días después hacia las islas junto al grupo de Defensa Aérea 101.

Durante la batalla, el soldado les mandaba cartas a sus padres, Federico y Ana María. Les contaba que estaba bien; les mentía al decirles que no corría peligro porque las bombas caían lejos. “Cada uno tiene un destino y él fue un poco artífice del suyo. Por eso digo que mi hijo fue a cumplir su destino”, manifestó su papá.

Junto a sus compañeros defendía la posición en un barrio de la Península de Camber. El 14 de junio, a cuatro horas del final de la guerra, una bomba le quitó la vida. El día anterior, hubo un suceso que a su compañero y sobreviviente Néstor Moltrasio lo marcó para siempre. Tras desayunar debían retornar a la trinchera por un bombardeo, pero él no estaba. Lo llamaron hasta que apareció insistiendo que salieran del pozo. Entonces, vieron que quería asistir a un inglés mayor de edad asustado en un banco. “Sin decirnos nada, los cuatro rodeamos al viejito y lo abrazamos para que se sintiera protegido”, confesó Néstor. “Observé a Marcelo con una sonrisa en su rostro y sentí un fuerte orgullo de que sea mi compañero. En ese instante se convirtió en mi Héroe”.

Ramón Omar Quintana

El pibe que remontaba barriletes

Por: Federico Abet.

Ramón Omar Quintana nació el 13 de marzo de 1962 en San Miguel, General Sarmiento, provincia de Buenos Aires. Era hijo de Pitágoras Quintana y de Hidelina Salcedo, de nacionalidad paraguaya. Tenía una hermana llamada Elba. Creció en Quilmes, donde formó amistades con quienes compartía días enteros y juegos. Le encantaba remontar barriletes y jugaba al fútbol en el Club Atlético River Plate. Divertido y simpático, era el núcleo de atención en cada encuentro familiar. No le agradaban las bebidas alcohólicas, su comida preferida era el arroz con pollo y las milanesas, y su estilo de música favorito era la cumbia.

Estudió en el Colegio nº18 de la calle Mitre, en el partido de Avellaneda, hasta primer año. Luego comenzó a trabajar para ayudar a su familia que no estaba pasando un buen momento económico.

Lo convocaron para realizar el servicio militar en el Ejército e integró el Regimiento Infantería 7 “Coronel Conde”. El 9 de abril de 1982 fue la última vez que su madre lo vio. Aquel día, Hidelina lo intentó persuadir para que no fuera a la guerra, pero él se negó: “Yo voy a defender a la Patria”.  El 14 de abril llegó a Puerto Argentino para defender el sector Plata.

En las Islas Malvinas abarcó tres subsectores, entre ellos Monte Longdon y la península Camber. Falleció el 10 de junio de 1982 y su cuerpo fue encontrado por las tropas inglesas en Teal Inlet (Isla Soledad). Yace en el cementerio argentino de Darwin en el sector B, fila 1, cruz 11. Fue declarado “Héroe Nacional” por la Ley 24.950 y la municipalidad de Quilmes denominó con su nombre a la arteria 888 de San Francisco Solano y a un colegio de la misma localidad.

Daniel Omar Luque

Por: Dante Infantino.

Sin cancha, sin arco y hasta a veces sin pelota, el fútbol parecía ser el único recreo que Daniel Omar Luque tenía, pero no un recreo de la primaria o de la secundaria, sino de las arduas jornadas en el campo al que le dedicó casi toda su vida.

Oriundo de la localidad de San Luis del Palmar, Corrientes, “Dani” pasó ahí sus primeros años, hasta que la pérdida de su padre puso patas para arriba su vida y la de sus hermanos. En aquel entonces (cuando eran ‘’pobres, tristes y sin un peso’’ como recuerda su hermana María) su madre, Gabina, sabiendo que no iba a poder darle a su hijo la vida que merecía, decidió dejarlo con su tía. Mientras tanto, ella y su hija mayor probarían suerte en Buenos Aires.

Fue allí, en las desoladas tierras de Saladas, donde Daniel conoció las labores con el trigo y el maíz.

Día tras día, cosecha tras cosecha y siembra tras siembra, fue marcando su personalidad. “Un chico de campo, inocente pero picarón, tranquilo pero bromista, comprensivo pero terco. Dual como cualquier pibe en esos años”, lo describen sus hermanos.

No fue sino hasta los diecinueve que, por primera vez, tuvo la oportunidad de viajar. Lo esperaba la guerra y el destino terrible que comparte con más de 600 argentinos. El frío austral de las islas debió ser terrible, más para Daniel que nunca había experimentado algo semejante, o al menos así lo supone su familia, que nunca pudo comunicarse.

Sin saber leer o escribir, Daniel embarcó a las Islas Malvinas el 15 de abril de 1982. Su madre y sus hermanos, aún en Buenos Aires, se enteraron varias semanas después. Su tía, ‘’la Blanca’’, lo despidió muy triste, pero con la falsa promesa de que serían tan solo por unos meses.

Jorge Alberto Lamas

Por: Nahuel Contreras.

Jorge Alberto Lamas era un muchacho muy inteligente, amante de las matemáticas aunque no le gustaba estudiar. Pasaba su niñez jugando a la bolita y a los soldaditos, pero con una salvedad: no se arrodillaba para mantener su ropa intacta de cualquier mancha.

El padre de Jorge había muerto cuando él tenía apenas siete años, y su hermana Stella Maris, cinco. Desde ese momento Jorge se puso la familia al hombro, sintió que debía hacerse cargo vigilando la casa, o simplemente haciendo los mandados. Cada día, cuando su mamá Julia se iba a trabajar, el pequeño quedaba a cargo de todo y de todos.

El 11 de abril de 1982 -domingo de Pascuas- fue la última vez que Julia y Stella vieron a Jorge. Al día siguiente, embarcó y emprendió viaje con rumbo Sur. Lamas se fue tranquilo y no tuvo miedo: “El creía que los ingleses no iban a llegar nunca a las islas. Antes de partir, Jorge intuyó que algo malo pasaba porque llevaban mucho material bélico”, dijo su mamá.

Una vez instalado en las Islas Malvinas, la comunicación con su familia fue muy esporádica. Tanto las cartas como las encomiendas tardaban mucho en llegar. Tanto que la última que recibió la familia de Jorge fue después de saber que había caído en combate: “Mamá estoy bien”, le escribió de puño y letra a Julia para dejarla tranquila, al mismo tiempo que le pedía que le mandara chocolates para combatir el frío.

Jorge Alberto Lamas, alegre, divertido, sano, familiero y bondadoso. Según sus compañeros: “Donde estaba Jorge, solamente existía alegría”, dicen. Muchos fueron los reconocimientos que recibió en las últimas cuatro décadas, entre ellos un emotivo homenaje que en 2014 le brindó el Concejo Deliberante de Balcarce. Una ciudad que está muy orgullosa de haber albergado a uno de los tantos héroes de Malvinas.

Raúl Dimotta

Los recuerdos siempre están

Por: Angel Solís.

Los refugios son los lugares donde una puede sentirse segura y fuera de peligro. La ‘Plaza Sargento Raúl Dimotta’ que lleva el nombre de su hermano y que está ubicada en Almirante Brown y Rúben Darío, en Gualeguaychú, es el lugar donde recurre cuando necesita la compañía de alguien. “Siempre estoy malvinizando de alguna manera”, dice Nora Dimotta, la hermana menor de Norma y de Raúl o “Lito”, como lo conocieron sus familiares y sus amigos, el hombre que le puso su nombre a la plaza. “Una persona especial”, fue el adjetivo que no faltó en ninguna oración de la reconstrucción del ex combatiente de la Guerra de Malvinas.

Nació el 12 de diciembre de 1958 en Goya, Corrientes. Antes de sus 15 años “Lito” ya sabía lo que quería para su vida. Sus padres Ociel Ángel Dimotta y Diamantina apoyaron su decisión; de hecho, su padre fue militar y acompañó al joven Raúl a Buenos Aires para comenzar su carrera militar. Allí fue donde conoció a uno de sus grandes amigos, que lo acompañaría en la continuación de su vida, Carlos Corsini.

Carlos, que hoy tiene 60 años, pensó por entonces rápidamente en una salida al cine en la calle Lavalle. “No me acuerdo de la película que íbamos a ver, pero era una de esas prohibidas para menores. Nosotros nos creíamos mucho más grandes por ser militares. Para entrar mostramos nuestros documentos de la Fuerza y el vendedor nos dijo: ‘Sí, son militares pero no pueden entrar’”, cuenta con risas, en medio de aquella vergüenza que pasaron frente a las demás personas de la fila. 

“Raúl era de esa inocencia”, dijo al finalizar su recuerdo y volvió a repetir la definición de “especial”, así como ya lo había hecho Nora.

Raúl no estaba destinado a ir al frente de Malvinas, pero por su amor a la patria eligió ir en la oportunidad que tuvo en el helicóptero PUMA Alfa Eco 504. Sus compañeros lo esperaron pero nunca volvió de ese trágico accidente donde perdió la vida a manos de un misil inglés el 9 de mayo de 1982

Jorge Daniel Ludueña

Por: Gustavo Marto.

Esta es la historia de una carta que nunca pudo ser enviada y la de un jovencito que, sin quererlo, se convirtió en el héroe de su ciudad. Cuando en febrero de 1982 partió rumbo a Comodoro Rivadavia para iniciar el servicio militar en el Regimiento de Infantería 8, Jorge Daniel Ludueña tenía 18 años. Había nacido el 4 de noviembre de 1963, en la localidad de Las Varillas, departamento de San Justo, en la provincia de Córdoba.

Hoy, su mamá Manuela recuerda cómo fue aquel momento: “Estaba trabajando en un taller mecánico, le gustaban los autos. No le gustaba mucho estudiar y no era muy buen alumno. Eso sí, siempre fue muy querido por sus compañeros y maestros, en la única materia en la que siempre traía buenas notas era en ‘Deporte’, pero era un alumno excelente en conducta”.

La pasión del adolescente era el fútbol. Hincha de River, pasaba horas jugando en el club Huracán. Era alto, tranquilo, callado y algo tímido. Disfrutaba pasando el tiempo en casa, en el campo, andando en bicicleta y compartiendo asados en familia o con amigos. “Era un santo, un hijo ejemplar”, se sigue emocionando su mamá cuatro décadas después.

Jorge amaba a su familia y tenía una especial debilidad por “Marita”, su sobrina de tres años, hija de su hermana Estela: “Tenía devoción por ella”, cuenta su madre, quien asegura que la niña vivía en brazos de Jorge. Marita casi no tiene recuerdos de su tío, pero la emoción y el orgullo la invaden cada vez que le hablan de él y se reconoce parte de su historia, tanto que Manuela recuerda que ella cargaba a su pequeña nieta en brazos cuando aquella tarde de mayo de 1982 llamaron a su puerta para darle la noticia del fallecimiento de su hijo. “Cuando nos despedimos de Jorge, estábamos convencidos de que pronto íbamos a volver a verlo. Antes de Malvinas manteníamos correspondencia todo el tiempo, incluso pude viajar una vez a Comodoro a llevarle cosas pero no pude verlo”.

Jorge no murió en combate, sino a raíz de una intoxicación por ingerir comida en mal estado. A los 15 años había sufrido problemas hepáticos y no resistió. Todavía hoy el dolor más grande de su madre es no saber si Jorge sufrió. Durante años la invadió una enorme tristeza y buscaba a su hijo cada vez que viajaba a Córdoba Capital, con la esperanza de encontrarlo “perdido en la ciudad”, como ella misma define. Lo buscaba en los rostros de otros chicos, cuando miraba fotos de ex combatientes y durante mucho tiempo soñaba con verlo llegar en su bicicleta como todos los días.

Durante el corto tiempo que pasó en Malvinas, Jorge escribió una sola carta para su familia, que nunca pudo ser enviada. El texto fue rescatado entre sus pertenencias por el suboficial de la Armada Miguel Angel Gaete, y recién en 2019 pudo ser entregado. En ella, Jorge le contaba a su mamá que estaba bien, que esperaba volver pronto, y pedía que le envíen un sweater y medias porque hacía “mucho frío”.

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