Los combatientes caídos en la Guerra

Categoría: Ejército (Page 17 of 19)

Juan Anselmo Peralta

El músico que no pudo ser

Por: Santiago Capitán.

Juan Anselmo Peralta fue el hijo mayor del matrimonio formado por Sofía Ruiz y Alcides Peralta. Nació un 18 de abril de 1962 en Coronel Du Graty, Chaco, a 20 kilómetros de Los Fortines, donde vivía con sus padres.

Tuvo ocho hermanos y hermanas. Mirta, una de ellas, lo recuerda 40 años después: “Era muy tranquilo, obediente y respetuoso con sus padres”. Sus primeros años vivía al lado de su papá, a quien acompañaba a caballo a recorrer el campo y a cuidar el ganado. Primero fue a la Escuela Rural y terminó la primaria en el colegio N° 197 de Du Graty, donde fue primer escolta de la bandera nacional.

Fue cosechero en los campos de algodón y albañil. Le encantaba bailar, jugar a la pelota y soñaba ser músico y tocar la guitarra. Todo se transformó cuando en 1981 lo citaron para cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. “Lamentablemente el conflicto bélico que estalló en abril de 1982 cambió las ilusiones de Juan. Desde la isla escribió dos cartas, en las que contaba de lo orgulloso que se sentía de defender su país, y preguntaba por cada uno de los integrantes de la familia. Omitía detalles de las necesidades para no alarmar pero pedía oraciones por él. En la última carta pidió como deseo regresar a casa y festejar con un asado, pero que si no era así, Dios sabría qué había sido de él”, relató Mirta. En la batalla de Pradera del Ganso, primer enfrentamiento terrestre de la guerra, fue asesinado el 28 de mayo.

En Villa Ángela, a kilómetros de donde nació, un centro de ex combatientes lleva su nombre. Lo mismo ocurre con la denominación de la escuela EPA N°47 de Coronel Du Graty: “Ex Combatiente Juan Anselmo Peralta”.

Pedro Alberto Orozco

Beto, el guitarrero que amaba las discotecas

Por: Tomás Rebesberg.

Nació en Avellaneda el 19 de junio de 1962 y murió en combate el 11 de junio en Monte Longdon, faltando poco más de una semana para su cumpleaños número 20. Beto, como lo llamaban, era cabo primero y estaba alistado como soldado conscripto del Ejército, en el Regimiento N° 7, ubicado en La Plata.

Pedro Alberto Orozco, joven suboficial del Ejército Argentino, tenía tres hermanos, pero con uno era inseparable: Adolfo. Entre ellos tenían una relación diferente al resto; era especial. Cuando no estaban juntos siempre uno preguntaba por el otro. Justamente con él compartió el servicio militar y ambos fueron a la guerra, aunque nunca se cruzaron en Malvinas. Un día estuvieron cerca, pero por unos minutos de diferencia no pudieron encontrarse. Adolfo sobrevivió, Pedro no.

La batalla de Monte Longdon fue terrible, hubo muchas bajas. La guardia de turno liberó la entrada y los británicos los tomaron por sorpresa y a muy corta distancia. Allí, en una lucha cuerpo a cuerpo, lo acribillaron a Beto.

Según sus familiares y compañeros, fue un pibe buenísimo y un ser humano brillante. En su tiempo libre le encantaba tocar la guitarra, tomar mate, jugar al fútbol y las noches de baile en Florencio Varela nunca podían faltar.

El 13 de abril de 1982 fue la última vez que Alberto vio a sus familiares antes de partir rumbo a Malvinas. En honor a él una plaza lleva su nombre en Berazategui y en Florencio Varela fundaron la escuela de Educación Primaria Nº55 “Cabo Iº Pedro Alberto Orozco.

Héctor Rubén Oviedo

“Serio, como todo militar”

Por: Pedro Álvarez.

Héctor Rubén Oviedo nació el 8 de marzo de 1963 en San Salvador de Jujuy. Se crió de la mano de sus padres, Inocencio Oviedo y Ernestina Álvarez, junto a sus tres hermanos Marcela, Liliana y Marcelo, quien lo describió como “una persona seria, como todo militar”.

Completó los estudios primarios y realizó dos años del colegio secundario antes de viajar a Buenos Aires para ingresar a la Escuela de Suboficiales “Sargento Cabral”, en Campo de Mayo, donde egresó con el grado de cabo primero. Su hermano contó que también practicaba judo.

El 2 de abril de 1982, con 19 años recién cumplidos, partió a las Islas Malvinas e integró el Regimiento 25 de Infantería. Durante el conflicto bélico, se mantuvo en contacto con sus familiares a través de cartas, especialmente con su madre. Pero un día, en lugar de una carta, su familia recibió un radiograma que jamás olvidarán. Decía: “El suboficial Héctor Rubén Oviedo, que cumplía su objetivo defendiendo las Islas Malvinas, murió en cumplimiento del deber, defendiendo con gran honor el territorio nacional”.

El 28 de mayo, cuando se desempeñaba como jefe del primer grupo durante la Batalla de Darwin, recibió disparos de ametralladora en la cara por parte de un soldado inglés, lo que provocó su muerte de manera inmediata.

La municipalidad de San Salvador de Jujuy lo homenajeó al nombrar “Cabo Héctor Rubén Oviedo” a una calle del barrio Islas Malvinas y a la Escuela Comercio de Ciudad Nieva.

Celso Páez

El primer trabajador

Por: Aracely Benítez Vega.

Fruto del amor de don Celso Páez y Ana Lutuina Stark nació Celso, el segundo de nueve hijos. Llegó al mundo el 28 de diciembre de 1962 en Paraje Balbuena, a 80 km de Colonia Castelli, Chaco. Alto, robusto como su madre y moreno como su padre. “Un muchachito, tímido, trabajador y buen hermano”, recordó su hermana Eva Páez.

Antes de cumplir con el servicio militar y también en sus momentos de franco, Celso o “Chacho”, como le decían sus allegados, pasaba sus días en el campo ayudando a la familia a cosechar y cuidar algunos animales. “No tenía fiaca para nada, era trabajador, el primero en levantarse y el último en acostarse”, comentó Eva. Además, lo describió como un chico alegre y con picardía, que hacía reír a los demás con sus ocurrencias.

Así como le gustaba el campo, Celso también disfrutaba de jugar al fútbol y cazar con gomera en sus momentos de ocio. Tanto Eva como su amigo Julio Monzón, quien fue su compañero durante el servicio en el Regimiento Infantería 4 de Monte Caseros, recordaron que era amante del chamamé, la polka paraguaya y la rusa, al igual que del asado y el bife.

Chacho dejó en la turba isleña de las Malvinas Argentinas su honor, su alma y su cuerpo. Se estima que la fecha de muerte fue entre el 3 y el 5 de junio, mientras hacía un rastrillaje desde Monte Harrier a Monte Wall. Fue sorprendido junto a otros dos compañeros por los ingleses, quienes lanzaron una bomba que acabó con sus vidas.

Ricardo José Luna

Por: María José Escalante.

“Entendé que hice un juramento a la Patria y a la bandera, y voy a cumplir con eso, defendiéndolas hasta perder la vida”, le dijo el soldado Ricardo José Luna a su mamá Elsa cuando se despidió de ella, el 13 de abril de 1982, para partir a Malvinas. Fue ese domingo , frío y nublado, la última vez que vio a su familia.

Ricardo José, o “Pato” como le decían sus familiares y amigos, nació en el Hospital Zonal de Agudos “Blas Lorenzo Dubarry” en Mercedes, provincia de Buenos Aires, el 14 de marzo de 1962. Séptimo hijo de once hermanos, cuatro mujeres y siete varones. Cursó sus estudios en la escuela N° 13 General Viamonte de su ciudad natal que lo recuerda con una placa con su nombre, al lado de la figura del padre de la patria, Don Jose de San Martin.

Elsa se hizo cargo sola de la crianza de Ricardo y sus hermanos, tras el abandono de su padre. La humildad y las ganas por progresar que aprendió desde chico, lo llevaron a trabajar a él, como sus hermanos, desde muy temprana edad.

Antes de enrolarse al servicio militar obligatorio y de pertenecer al  Regimiento 6 de Infantería Mecanizada “General Viamonte”, trabajó en una fábrica de broches y secadores de plásticos, hasta quedar cesante.

Rosa Luna, su hermana más chica, recuerda la última vez que compartieron un almuerzo,  ya estando él en el servicio militar y con la noticia de su partida a las Islas: ”Lo note ansioso y nervioso por ir Malvinas, sacó de su fajín unos cigarrillos y empezó a fumar. Nunca antes había fumado”.

También, recuerda su manera alegre y jovial de ver la vida, lleno de proyectos y con futuro prometedor: “Pensaba en casarse con su noviecita con la que estaba hacía tres años, después de terminar el servicio, para formar una familia”. La misma energía vital que lo caracterizó, según se enteró su propia hermana de boca de quienes compartieron pelotón, como el animador del grupo.

Fanático del folclore, del Trío San Javier, Los Chalchaleros y Horacio Guarany, con un patriotismo mucho antes de Malvinas, a tal punto  de que no escuchaba la música de moda de la época, como los Bee Gees.

La menor de sus hermanas, recuerda que en un pedazo de hoja de papel, que aún guardan, les escribió una carta a todos en la que les remarcaba muchas veces: “Estoy bien”. “Lo único que nos pedía -con la condición de ‘solo si podían’- era mandar sal para comer los corderos” que les dejaban matar los jefes militares.

En la última carta que les envió les volvió a recalcar que “por el juramento a la Patria y a la bandera, iba a cumplir, defendiéndolas hasta morir”.

Fue así que cayó en Coldtown el mismo día que terminó la guerra. La madrugada del 14 de junio. En esa zona, aún no había llegado la información del cese del fuego. Sus restos, descansan bajo la cruz blanca del cementerio Darwin, en la Isla Soledad de las Malvinas Argentinas.

Hoy en su ciudad, Mercedes, además de las muchas conmemoraciones que hacen honor a los caídos de Malvinas, uno de los camiones de la empresa “Puerto Argentino”, de Aldo Franco, ex combatiente, lleva su nombre. Así, se reconoce a través de las rutas argentinas, el enorme significado de quién fue el soldado Ricardo Luna.

Alberto Daniel Petrucelli

Una historia de vida y de muerte

Por: Paloma L. Cukiernik.

–¡Ay, mamá!

Esas fueron las últimas palabras de Daniel Alberto Petrucelli antes de fallecer en la batalla de Monte Longdon el 12 de junio a la medianoche. La causa fue el impacto de una granada dentro del pozo donde se encontraba junto al cabo Osvaldo Pedemonte y sus compañeros Ronconi y Maidana. La explosión lo alcanzó en toda la cabeza y la espalda dejándolo moribundo. Sus restos descansan en el cementerio de Darwin, en la cruz 3 de la fila 1, sector A.

Petrucelli había hecho todo el servicio militar a cargo de Pedemonte, con la baja por buen comportamiento en diciembre incluida, y fue su superior cuando lo regresaron para combatir en Malvinas. “Era un pibe muy bueno, obediente y predispuesto. No había que repetir muchas veces las cosas para que él se diera cuenta lo que querías decirle. Y además tenía ganas de aprender”, recordó el Cabo.

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¡Plin!

Mensaje directo de Instagram.

Laura Cecilia Petrucelli: Hola, mi tía se contactó con la hermana del soldado y no quiere que le realicen ninguna entrevista porque le hace muy mal. Agradece el interés pero fue un evento muy traumático para la familia y no quieren revivirlo.

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Tenía 19 años y la ilusión de dedicarse a la fotografía. Había estudiado en un colegio técnico de Remedios de Escalada, pero tuvo que dejarlo. Le gustaba jugar al fútbol en el potrero. Su otro interés eran los autos. “Conducía un ‘Fitito’ que lo llevaba a todos lados; siempre me alcanzaba hasta mi casa”, rememoró su prima.

El oriundo de Lomas de Zamora era familiero; la única carta que le llegó a su familia de las muchas que escribió fue la última y “prácticamente, era de despedida”, afirmó la prima. Cuando fue al servicio militar su hermana estaba embarazada. Su sobrina nació en el mismo momento que él murió.

Marcelo Gustavo Planes

Un compañero de ley

Por: Ramiro Díaz.

Marcelo Gustavo Planes nació el 6 de abril de 1963 en Buenos Aires. Con el título secundario de Técnico Mecánico en el lomo, planeaba ser programador en computación. Sin embargo, al regresar de su viaje de egresados, en Brasil, lo esperaba la colimba.

Luego de haber completado el servicio militar, su suerte intentó postergar la tragedia al no ser seleccionado para la guerra. Tenía 18 años cuando decidió, por cuenta propia, ir a pelear a Malvinas. “Quiero ir con ellos, son mis compañeros. Yo no puedo quedarme acá”, le pidió a su cabo superior, cuando éste no lo nombró dentro de la nómina. Marcelo emprendió su viaje tres días después hacia las islas junto al grupo de Defensa Aérea 101.

Durante la batalla, el soldado les mandaba cartas a sus padres, Federico y Ana María. Les contaba que estaba bien; les mentía al decirles que no corría peligro porque las bombas caían lejos. “Cada uno tiene un destino y él fue un poco artífice del suyo. Por eso digo que mi hijo fue a cumplir su destino”, manifestó su papá.

Junto a sus compañeros defendía la posición en un barrio de la Península de Camber. El 14 de junio, a cuatro horas del final de la guerra, una bomba le quitó la vida. El día anterior, hubo un suceso que a su compañero y sobreviviente Néstor Moltrasio lo marcó para siempre. Tras desayunar debían retornar a la trinchera por un bombardeo, pero él no estaba. Lo llamaron hasta que apareció insistiendo que salieran del pozo. Entonces, vieron que quería asistir a un inglés mayor de edad asustado en un banco. “Sin decirnos nada, los cuatro rodeamos al viejito y lo abrazamos para que se sintiera protegido”, confesó Néstor. “Observé a Marcelo con una sonrisa en su rostro y sentí un fuerte orgullo de que sea mi compañero. En ese instante se convirtió en mi Héroe”.

Ramón Omar Quintana

El pibe que remontaba barriletes

Por: Federico Abet.

Ramón Omar Quintana nació el 13 de marzo de 1962 en San Miguel, General Sarmiento, provincia de Buenos Aires. Era hijo de Pitágoras Quintana y de Hidelina Salcedo, de nacionalidad paraguaya. Tenía una hermana llamada Elba. Creció en Quilmes, donde formó amistades con quienes compartía días enteros y juegos. Le encantaba remontar barriletes y jugaba al fútbol en el Club Atlético River Plate. Divertido y simpático, era el núcleo de atención en cada encuentro familiar. No le agradaban las bebidas alcohólicas, su comida preferida era el arroz con pollo y las milanesas, y su estilo de música favorito era la cumbia.

Estudió en el Colegio nº18 de la calle Mitre, en el partido de Avellaneda, hasta primer año. Luego comenzó a trabajar para ayudar a su familia que no estaba pasando un buen momento económico.

Lo convocaron para realizar el servicio militar en el Ejército e integró el Regimiento Infantería 7 “Coronel Conde”. El 9 de abril de 1982 fue la última vez que su madre lo vio. Aquel día, Hidelina lo intentó persuadir para que no fuera a la guerra, pero él se negó: “Yo voy a defender a la Patria”.  El 14 de abril llegó a Puerto Argentino para defender el sector Plata.

En las Islas Malvinas abarcó tres subsectores, entre ellos Monte Longdon y la península Camber. Falleció el 10 de junio de 1982 y su cuerpo fue encontrado por las tropas inglesas en Teal Inlet (Isla Soledad). Yace en el cementerio argentino de Darwin en el sector B, fila 1, cruz 11. Fue declarado “Héroe Nacional” por la Ley 24.950 y la municipalidad de Quilmes denominó con su nombre a la arteria 888 de San Francisco Solano y a un colegio de la misma localidad.

Rubén Norberto Ramírez

El soldado que no pudo cumplir con su carta

Por: Magalí Maciel.

Rubén Norberto Ramírez nació el 29 de octubre de 1962 en San Bernardo, Chaco. La familia estaba compuesta por sus padres Felipe Ramírez e Isabel Pacheco y fue el tercero de siete hermanos. Se crió en un campo alejado del pueblo, por ende, la primaria la realizó en una escuela rural llamada “Domingo Mateo”. No pudo hacer el secundario ya que era un sostén económico de la casa y ayudaba a su papá en el trabajo.

Era una persona alegre que le gustaba cargosear a sus hermanos y también protegerlos. Un chico alto, gordito y con bellos ojos negros. Alguien tranquilo, solidario, buena persona, por sobre todas las cosas, y muy familiero, según contó su hermano menor Orlando.

Rubén N. Ramírez

Rubén era católico, antes de irse a dormir la siesta acostumbraba a leer la Biblia. Por otro lado, le gustaba jugar a las bochas, su deporte favorito; no le interesaba mucho el fútbol u otros deportes. Y había algo que le encantaba: las comidas de su mamá. Sus preferidas eran la milanesa, el guiso y la sopa.

Cuando tuvo que prestar el servicio militar, su padre le hizo los documentos para que sólo fuera a firmar y volviera, ya que era el único que trabajaba para mantener su hogar. Le habían aprobado todos los papeles, aunque decidió cumplir con su deber. Así fue como se dirigió a la ciudad de Mercedes, Corrientes, donde fue soldado y formó parte del Batallón 12.

A sus 18 años, previo a viajar a Malvinas, envió una carta a su familia, diciendo que pelearía por su patria e iba a volver. Pero no fue así. Su rol en el combate fue de Tirador 2. En uno de los enfrentamientos que hubo en Darwin contra las tropas inglesas, supuestamente les expresaron que harían las paces. Entonces, los soldados argentinos bajaron sus armas. Sin embargo, los otros no. Sus restos yacen en las Islas por la cuarta fila del cementerio de Darwin.

José Antonio Reyes Lobos

La promesa de ver a Queen

Por: Lenny Prida.

José Antonio Reyes Lobos o “Popito”, como lo llamaban sus hermanas, viajó con 20 años a defender el país teniendo los papeles de la baja en la mano. Era el único sostén de su familia, dado que su mamá había quedado viuda.

La pasión por la música, especialmente por la guitarra, la compartía con sus hermanas, sobre todo con María. Solían escuchar a Queen y Pink Floyd. Una pasión que heredó de su papá cubano, José Antonio Reyes Carbonell. Días antes de subir al micro, le prometió que la llevaría al próximo concierto de Queen, ya que al primero no habían podido asistir.

El amor que tenía por sus hermanas era tal que hacía de poste para que jugaran al elástico o las consolaba luego de una película triste. “Mi hermano regalón, que me llevaba al cine, a merendar y pasaba el tiempo conmigo… pasaron casi 40 años y todavía me sigue emocionando”, recordó María.

“No era un chico alocado, era muy de la casa y de pasar los ratos con la familia”, lo describió su mamá. Soñaba comprar el terreno junto a su papá para construir la casa. El máximo deseo era que la “viejita” no trabaje más y disfrute de sus hijos.

Su mamá fue a buscar a “lobitos”, como solían llamarlo los compañeros, y sola se enfrentó a la noticia: “Al ver que no bajó, mi mamá preguntó por él y el capitán le dijo que luchó como un héroe, pero cayó en combate”, rememoró su hermana. Daban por sentado que estaba vivo: había mandado una carta el 14 de junio, último día de combate.

En 2015, su familia fue de las primeras en viajar a reconocer sus restos. Sin embargo, sólo se le permitió estar 40 minutos a cada pariente, teniendo que volver en el día. María sostiene que el reconocimiento a los combatientes no es el adecuado: “Hubo una falta de tacto increíble, mi hermano luchó y murió como un héroe, pero nadie lo reconoció”.

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