Los combatientes caídos en la Guerra

Categoría: Ejército (Page 16 of 19)

Oscar Humberto Blas

El sargento de semblante serio y corazón enorme

Por: Santiago Fiorda.

Su familia y el Ejército argentino eran las dos pasiones de Oscar Humberto Blas. Tenía un carácter fuerte, pero era alegre y conversador. Lo apodaban “Pirulo”.

Había nacido en Salta el 18 de agosto de 1949. En 1978, conoció a su amor: Nora del Valle Juárez, cajera en un supermercado de San Miguel de Tucumán. Todo sucedió rápido. A los siete meses se casaron y al año nació Alejandra, su primogénita. Luego llegaron Facundo y Walter.

Sin embargo, en mayo de 1982 sus vidas cambiaron para siempre. A Oscar le llegó la noticia de que había sido convocado a la Compañía de Comandos 602, una fuerza especial, para combatir en las Islas Malvinas. Nora le imploró que no fuese. Estaba en camino Lucía, la cuarta hija, pero él le respondió: “Tengo que estar ahí. El 90% de mi vida se la debo al Ejército y el 10% a vos”.

La Compañía arribó a las Islas el 29 de mayo. Un día después, le tocó una misión de exploración a territorio enemigo en Bluff CovePeak. Le ordenaron ir con un teniente hacia un gran peñasco desde donde se habían oído disparos.  Minutos después se escucharon tiros, gritos y ráfagas de ametralladora. Allí murieron el Sargento 1° Oscar Humberto Blas y el Teniente 1° Rubén Eduardo Márquez, en un enfrentamiento con el Special Air Service (SAS).

Oscar tenía 32 años. Su cuerpo yacía en el Cementerio de Darwin como “Soldado argentino solo conocido por Dios”, hasta que el 7 de diciembre de 2017, la familia recibió la noticia de una prueba de ADN y la identificación de los restos.

El sargento de rostro serio y corazón enorme recibió la Medalla de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate, por alertar a sus camaradas y ofrendar su vida para que pudieran replegarse. Una calle salteña del Barrio Limache y la Escuela Nº 4421, inaugurada en 1982 en el paraje El Churcal, llevan su nombre.

Su hijo Walter tomó el legado: hoy es sargento 1° de Artillería, y cuenta que sus hijos, los nietos de Oscar, siempre hablan con orgullo de su abuelo héroe.

Mario Antonio Cisnero

“El Perro” de Malvinas

Por: Tomás Alós.

Calles, avenidas, escuelas, hangares, el casino de oficiales de Neuquén, sitios en Paraná, Mar del Plata, Santa Fe, Catamarca, La Pampa, Perú, son algunos de los lugares en donde, a modo de homenaje, llevan su nombre con mucho orgullo para no dejar en el olvido, a aquél pibe de 26 años que dio su vida por el país.

Mario Antonio Cisnero, su apellido en singular ya que un error en el Registro Civil lo signó para siempre sin la “S” final, catamarqueño, conocido entre sus pares como “Marito” o “El Perro”, recordado por su numerosa familia como una persona alegre, extrovertida y muy solidaria. Su hermana Gladys lo describe como un joven que se preocupaba mucho de su cuerpo, de su presencia, muy puntilloso, perfeccionista y autoexigente.

Él, cabo de infantería egresado de la Escuela de Suboficiales (Sargento Cabral), especializado en paracaidismo y posteriormente convertido en comando, solicitó ir a la guerra de las Malvinas como apuntador de ametralladora en la Compañía de Comandos 602. 

La trágica noche del 9 de junio, la compañía 602, instaló una emboscada en el monte Dos Hermanas, cuando un grupo de alrededor de 25 efectivos del Servicio Aéreo Especial la detectó y procedió a atacar. Cuatro británicos avanzaron y abrieron fuego con un lanzacohetes que hizo explotar la zona.

Un equipo de peritos, coordinado por la Cruz Roja Internacional, pudo identificar el cuerpo de nuestro soldado caído en combate, fue el número 91 de los 93 identificados hasta el momento.

Ahora y siempre, vive en el corazón de sus familiares y en la memoria de todo el pueblo que no olvida a sus héroes, a quienes tenían toda una vida por delante e injustamente la dejaron en la lucha y representación de toda la Nación.

Julio César Auvieux

Por: Matías Galletti.

En las calles de Lules, Tucumán, se escucha la voz de Elena, hermana de Julio César Auvieux, quien lo recuerda como “un chico común del pueblo, destacado en sus estudios, jugando a la pelota o bailando folklore. Quienes lo conocieron rescatan que era un muy buen amigo”. Tenía un sentimiento muy fuerte por la bandera celeste y blanca, un inocultable amor a la patria. Tanto que a los 17 años se fue a Buenos Aires para seguir la carrera militar.

Tras cuatro años en la capital, le tocó su primer destino: Mendoza, pero enseguida de establecerse allí, en 1978, se desató el conflicto del Beagle y fue destinado a la frontera con Chile. Graciela Álvarez era maestra en el Colegio Santa Rosa de Lima y se le ocurrió que sus alumnos les enviaran cartas de ánimo y agradecimiento a los solados, como contó en una entrevista con El Diario del Valle de Uco: “Los chicos dibujaron, escribieron y mandé todo en un sobre. Un día me llamó el Teniente Auvieux para agradecerme por el gesto”. Lo que siguió fue una relación que se volvió noviazgo. “A los tres años de estar juntos lo asignaron a Buenos Aires, así que para vernos teníamos que viajar; eso ya nos había cansado y decidimos casarnos en octubre de 1982”. Habían empezado a comprar los muebles, tenían las tarjetas, el salón para la fiesta… Pero estalló la Guerra de Malvinas. “Julio vivía angustiado y yo con un nudo en la garganta por lo que estaba pasando. Muchos de sus amigos y compañeros no regresaban y eso nos estrujaba juntos el corazón”, recuerda Graciela.

No fue destinado a las islas pero, como todas las Fuerzas Armadas, estaba afectado al conflicto. Integraba el Batallón Logístico 601, era de la rama de Ingenieros y su especialidad eran los explosivos. Tuvo que presentarse en Buenos Aires, donde el jefe del batallón le asignó la misión de ir a levantar los campos minados que habían quedado en Río Grande, Tierra del Fuego. Por razones de seguridad los planos que él había trazado debían ser destruidos. “Él le pudo haber dado la tarea a sus conscriptos, pero no quiso poner en riesgo sus vidas, debía obrar con el ejemplo”, resalta su hermana Elena.

El 7 de julio pisó una mina y explotó. Lo trasladaron gravemente herido a Buenos Aires, adonde arribaron su papá desde Tucumán y Graciela desde Mendoza. Llegaron para despedirse, pero Julio no lo supo: siguió inconsciente y tras 24 horas de agonía en terapia intensiva, murió el 8 de julio.

Al día siguiente Graciela volvió sola a Mendoza a dar clases en su memoria. Hoy en Tucumán dos escuelas llevan su nombre, en Lules y en Los Laureles, Famaillá. Auvieux fue ascendido post morten al grado de teniente primero.

José Domingo Curima

Debut y despedida

Por: Luca Palmas.

Luego de la obtención del Mundial ’78 y con todas las ansias, la Selección Argentina debutaba contra el seleccionado belga en la primera fecha de la Copa del Mundo de España, el 13 de junio de 1982. Sin embargo, a miles de kilómetros de allí finalizaba la batalla más importante y fatídica de la Guerra de Malvinas: en la disputa del Monte Longdon fallecieron 34 soldados argentinos y 29 británicos.

El soldado conscripto José Domingo Curima era miembro de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10 de Pablo Podestá. Durante el día 11 de junio de 1982, los integrantes del grupo estaban ocupando sus posiciones tradicionales al recibir un ataque aéreo proveniente de un Harrier. Curima salía de la cueva del Monte Longdon y fue impactado en el pecho desde una ametralladora, que lo dejó sin vida.

Con el Campeonato Mundial finalizado tres días antes, la CA.ING.MEC 10 arribó a Puerto Madryn el 14 de julio de 1982, sin los soldados Curima y Sinchicay.

Nacido y criado en el barrio San Francisco, Jose Domingo Curima fue declarado ciudadano ilustre de Morón en un acto llevado a cabo en la Escuela Media 11 de Morón Sur en 2012, y recibió la medalla de la Nación Argentina al morir en combate. Además, sus restos se hallan en la parcela “A” fila 3/11 del Cementerio de Darwin de la Isla Soledad. 

Oscar Simón Antieco

Por: Ramiro García.

Salía el sol en el paraje de Costa del Lepá, en el departamento chubutense de Cushamen, y siempre estaba él, al pie del cañón, sea para ir a trabajar a la estancia o ayudar en la casa. Él era Oscar Simón Antieco, un joven de buenos valores, brindados por la crianza de sus abuelos y con una identidad distinta a las demás: sangre mapuche, la de Amalia Antieco, su mamá.

Muy querido por sus amigos, lo veían llegar y sonreían, porque nunca estaba solo, sino con su guitarra lista para acompañar los cantos de la tarde. Siempre fue un chico sociable, para nada introvertido y sobre todo muy compañero.

A partir de la muerte de su madre, a sus 14 años de edad, Antieco ya planeaba su propio camino, y así fue que, llegados sus 16, comenzó su primer trabajo como peón rural mientras cursaba la primaria en la escuela Nº 99.

Todo cambió en marzo de 1981: los trabajos y estudios fueron interrumpidos debido a la convocatoria al Servicio Militar; tuvo que incorporarse al Regimiento de Infantería nro. 8 de Comodoro Rivadavia. Sus pensamientos solo pasaban por volver a su pueblo, cumplir el objetivo de terminar de estudiar y emprender su proyecto como agente de la policía provincial. Pero cuando las Islas Malvinas ardían, precisaron de sus servicios, y como muchos pibes de 19 años, el destino lo llevó a una guerra.

Su posición fue en la Bahía Zorro, con la patrulla de exploración y combate. El 8 de mayo, luego de varias horas de marcha bajo la lluvia, decidieron pernoctar al amparo de una casa de madera que se incendió. Como gran parte del grupo, Antieco no pudo escapar.

Hoy es un héroe de la Argentina, un símbolo en Costa del Lepá, donde un puente y un monumento lo recuerdan, como en el resto de la provincia: una escuela en Trelew y la biblioteca popular de Rawson mantienen vivo su nombre. Fue el único combatiente chubutense de sangre mapuche que murió en Malvinas.

A pesar de haber cerrado para siempre sus ojos a los 20 años, la familia sabe que su sueño está cumplido, y como escribió en sus cartas saben que murió “orgulloso por defender a la Patria”.

Elbio Eduardo Araujo

Por: Ignacio Goffi.

Elbio Eduardo Araujo nació en Colón, Entre Ríos, el 2 de septiembre de 1962 en el Hospital San Benjamín mientras unos soldados realizaban maniobras y la partera asoció: “Es un varón para la patria”. Y así fue. “Ñato” o “Cabezón”, como le decían sus amigos, era una persona compañera, solidaria, atenta, muy graciosa y divertida, como si tuviera luz propia. Tanto que hacía reír al sargento en el Servicio Militar: por las noches imitaba a sus superiores y se acompañaba con una guitarra. Ya en Malvinas, con unas latas de dulce de batata, empezó a hacer música y cantaba para sus compañeros.

Araujo se había ganado la baja antes de que empezara la guerra, pero cuando se enteró del reclutamiento de soldados, no dudó en presentarse como voluntario. El padre le ofreció cruzar el Río Uruguay tras enterarse, pero él le recordó que la palabra dada se cumple y había jurado defender a su bandera y a su patria y, si era necesario, hasta dar la vida. Desde las islas mandó tres cartas a su familia, en una decía: “Disculpen la letra, les escribo a la luz de los fósforos pues la situación así lo impone. Quédense todos tranquilos que el soldado Araujo monta guardia por la Argentina (la de todos) próspera y soberana y que le es fiel a su juramento”.

Antes de Malvinas, cuando revestía en el Regimiento nro. 7 de Infantería de La Plata,había defendido a Miguel Ángel Arrascaeta, un soldado que tenía un problema en la vista, era vergonzoso y a quien sus compañeros molestaban sacándole el birrete. Hasta que Araujo se paró delante de todos y desafió: “El que vuelve a tocar a Arrascaeta se la va a ver conmigo”.

Luego, Arrascaeta se le pegó en forma de agradecimiento y esa unión continuó en la guerra. Durante el combate de Monte Longdon, Arrascaeta sufrió heridas en una pierna con una pata del trípode de una ametralladora MAG; el cabo primero Juan Eduardo Martínez le ordenó ir a buscar asistencia médica, pero se negó para quedarse junto a Araujo. Así, fiel a esa deuda de gratitud, fue como terminaron muriendo juntos, como héroes, ante el implacable ataque británico.

Miguel Angel Arrascaeta

Por: Matías Kallinikos.

Batalla de Maipú, entre Gervasio Antonio de Posadas y José Valentín Gómez, Florencio Varela, zona sur del Gran Buenos Aires, allí se encuentra la escuela nro. 54, hoy llamada “Soldado Miguel Ángel Arrascaeta”, en memoria del valiente varelense que cayó en combate defendiendo los colores de la patria. Probablemente no haya homenaje más conmemorativo que bautizar a un colegio con su nombre, y que el pueblo sepa su historia.

Un chico que apenas estaba en cuarto grado tuvo que abandonar el colegio para trabajar en el tambo junto a su familia, que en ese entonces vivía en La Capilla, una zona rural de Florencio Varela. Así se desarrolló su infancia y parte de su adolescencia, ayudando en el modesto negocio familiar para que no falte comida en la casa.

Sin embargo, a sus 19 años, y a tan solo 20 días de finalizar con el Servicio Militar Obligatorio, fue convocado a defender el territorio de Malvinas del ataque británico. Formó parte del Regimiento de Infantería Mecanizada nro. 7 y fue el 10 de junio, apenas cuatro días antes de la rendición final, mientras luchaba en la Batalla del Monte Longdon, cuando resultó herido en una pierna y murió junto en el Archipiélago.

No fue hasta el 2018 cuando sus padres supieron con certeza dónde yacía su hijo, ya que por 36 años estuvo sepultado con la inscripción “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. Cuatro décadas después de su muerte, su madre doña Laura y su padre Vicente viven sobre la calle “Soldado Miguel Ángel Arrascaeta” y tienen a su hijo presente cada día en su memoria.

Ricardo Andrés Austin

Por: Ignacio Lanzillotta.

“Yo iba todos los días al correo a ver si había una noticia”, relataba Celinda Espinoza, madre de Ricardo Andrés Austin. La estafeta quedaba a escasos 300 metros de su casa, pero si hubieran sido miles de kilómetros igual los hubiera recorrido. Ricardo había ingresado al Servicio Militar Obligatorio en febrero de 1982, en el Regimiento de Infantería nro. 25 de Sarmiento, Chubut. A fines de marzo, cuando apenas llevaba un mes allí, lo enviaron a la guerra.

A sus 18 años, trabajaba en una estancia ubicada a 30 kilómetros de Tecka, el pueblito donde nació y se crió, en el oeste de Chubut. Era un joven bueno, honesto y agradable. Durante la semana vivía en el campo y en sus días libres volvía a su casa a visitar a sus hermanos y a su madre. Con ella eran muy unidos. Disfrutaban de pequeñas cosas, unos mates con facturas los sábados a la tarde, algo rico en los almuerzos de domingo. Esos dos días que tenía para compartir los explotaba al máximo. No le gustaba salir, jugar a la pelota, tampoco tenía muchas amistades, con su familia le alcanzaba y sobraba. La pérdida de su padre, cuando tenía siete años, le enseñó que allí estaba todo lo que necesitaba.

En Tecka hay un monumento en la plazoleta que lleva su nombre. Pradera del Ganso fue el campo de batalla que lo vio caer junto al sargento Sergio García y el soldado José Allende, el 28 de mayo de 1982, tras una maniobra británica de contraataque.

Celinda seguía enviando telegramas esperando noticias sobre su hijo, cada tanto recibía una respuesta con un “sí, está bien”, incluso cuando ya había muerto. Un mes y medio después, durante el cual su madre seguía yendo al correo con las esperanzas intactas, llegó la infausta noticia del fallecimiento de su hijo.

Pedro Alberto Orozco

Beto, el guitarrero que amaba las discotecas

Por: Tomás Rebesberg.

Nació en Avellaneda el 19 de junio de 1962 y murió en combate el 11 de junio en Monte Longdon, faltando poco más de una semana para su cumpleaños número 20. Beto, como lo llamaban, era cabo primero y estaba alistado como soldado conscripto del Ejército, en el Regimiento N° 7, ubicado en La Plata.

Pedro Alberto Orozco, joven suboficial del Ejército Argentino, tenía tres hermanos, pero con uno era inseparable: Adolfo. Entre ellos tenían una relación diferente al resto; era especial. Cuando no estaban juntos siempre uno preguntaba por el otro. Justamente con él compartió el servicio militar y ambos fueron a la guerra, aunque nunca se cruzaron en Malvinas. Un día estuvieron cerca, pero por unos minutos de diferencia no pudieron encontrarse. Adolfo sobrevivió, Pedro no.

La batalla de Monte Longdon fue terrible, hubo muchas bajas. La guardia de turno liberó la entrada y los británicos los tomaron por sorpresa y a muy corta distancia. Allí, en una lucha cuerpo a cuerpo, lo acribillaron a Beto.

Según sus familiares y compañeros, fue un pibe buenísimo y un ser humano brillante. En su tiempo libre le encantaba tocar la guitarra, tomar mate, jugar al fútbol y las noches de baile en Florencio Varela nunca podían faltar.

El 13 de abril de 1982 fue la última vez que Alberto vio a sus familiares antes de partir rumbo a Malvinas. En honor a él una plaza lleva su nombre en Berazategui y en Florencio Varela fundaron la escuela de Educación Primaria Nº55 “Cabo Iº Pedro Alberto Orozco.

Héctor Rubén Oviedo

“Serio, como todo militar”

Por: Pedro Álvarez.

Héctor Rubén Oviedo nació el 8 de marzo de 1963 en San Salvador de Jujuy. Se crió de la mano de sus padres, Inocencio Oviedo y Ernestina Álvarez, junto a sus tres hermanos Marcela, Liliana y Marcelo, quien lo describió como “una persona seria, como todo militar”.

Completó los estudios primarios y realizó dos años del colegio secundario antes de viajar a Buenos Aires para ingresar a la Escuela de Suboficiales “Sargento Cabral”, en Campo de Mayo, donde egresó con el grado de cabo primero. Su hermano contó que también practicaba judo.

El 2 de abril de 1982, con 19 años recién cumplidos, partió a las Islas Malvinas e integró el Regimiento 25 de Infantería. Durante el conflicto bélico, se mantuvo en contacto con sus familiares a través de cartas, especialmente con su madre. Pero un día, en lugar de una carta, su familia recibió un radiograma que jamás olvidarán. Decía: “El suboficial Héctor Rubén Oviedo, que cumplía su objetivo defendiendo las Islas Malvinas, murió en cumplimiento del deber, defendiendo con gran honor el territorio nacional”.

El 28 de mayo, cuando se desempeñaba como jefe del primer grupo durante la Batalla de Darwin, recibió disparos de ametralladora en la cara por parte de un soldado inglés, lo que provocó su muerte de manera inmediata.

La municipalidad de San Salvador de Jujuy lo homenajeó al nombrar “Cabo Héctor Rubén Oviedo” a una calle del barrio Islas Malvinas y a la Escuela Comercio de Ciudad Nieva.

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