Por: Martina Pérez de la O.

Deportista, bondadoso, familiero, independiente, trabajador, perseverante, pero por sobre todo, héroe. Así fue Miguel Ángel Ávila, un soldado jujeño que sin saberlo dejó de lado la vida, sus sueños y aspiraciones por amor a la patria.

En las canchas de fútbol de Coronel Arias falta uno para llegar a once: el atlético, el que gambeteaba a todo el equipo, el 10. Entre los seis hermanos falta uno para trabajar en el tabaco junto a su madre, quien tomó las riendas de su familia cuando su marido Liborio decidió abandonarlos. Entre los soldados que volvieron de la Guerra de Malvinas falta un cabo primero perteneciente al Regimiento de Infantería nro. 25, ese que soñaba con estudiar y alcanzar una buena posición económica para ayudar a su familia. Aquel que perdió su vida cuando una esquirla le impactó en la cara en la madrugada del 28 de mayo de 1982, durante el combate de Darwin luego de sacar a tres soldados cordobeses de la trinchera porque les llovían misiles británicos.

Casetes para su madre analfabeta y cartas para sus hermanas fueron el único material que quedó de Miguel Ángel; pero gracias a su calidad humana, sus amigos y parientes lo reconocen como un héroe, no solo de la guerra.

En 2011, tras años de extensas investigaciones entre familiares y ex combatientes, fue reconocido por el Comité Internacional de la Cruz Roja; desde ese entonces dejó de ser un “soldado argentino sólo conocido por Dios” y una cruz de mármol lleva grabado su nombre por la eternidad.