Por: Nahuel Contreras.
Jorge Alberto Lamas era un muchacho muy inteligente, amante de las matemáticas aunque no le gustaba estudiar. Pasaba su niñez jugando a la bolita y a los soldaditos, pero con una salvedad: no se arrodillaba para mantener su ropa intacta de cualquier mancha.
El padre de Jorge había muerto cuando él tenía apenas siete años, y su hermana Stella Maris, cinco. Desde ese momento Jorge se puso la familia al hombro, sintió que debía hacerse cargo vigilando la casa, o simplemente haciendo los mandados. Cada día, cuando su mamá Julia se iba a trabajar, el pequeño quedaba a cargo de todo y de todos.
El 11 de abril de 1982 -domingo de Pascuas- fue la última vez que Julia y Stella vieron a Jorge. Al día siguiente, embarcó y emprendió viaje con rumbo Sur. Lamas se fue tranquilo y no tuvo miedo: “El creía que los ingleses no iban a llegar nunca a las islas. Antes de partir, Jorge intuyó que algo malo pasaba porque llevaban mucho material bélico”, dijo su mamá.
Una vez instalado en las Islas Malvinas, la comunicación con su familia fue muy esporádica. Tanto las cartas como las encomiendas tardaban mucho en llegar. Tanto que la última que recibió la familia de Jorge fue después de saber que había caído en combate: “Mamá estoy bien”, le escribió de puño y letra a Julia para dejarla tranquila, al mismo tiempo que le pedía que le mandara chocolates para combatir el frío.
Jorge Alberto Lamas, alegre, divertido, sano, familiero y bondadoso. Según sus compañeros: “Donde estaba Jorge, solamente existía alegría”, dicen. Muchos fueron los reconocimientos que recibió en las últimas cuatro décadas, entre ellos un emotivo homenaje que en 2014 le brindó el Concejo Deliberante de Balcarce. Una ciudad que está muy orgullosa de haber albergado a uno de los tantos héroes de Malvinas.