Los combatientes caídos en la Guerra

Categoría: Ejército (Page 15 of 19)

Sergio Omar Azcárate

Por: Nicolás Santirso.

En Lobos, provincia de Buenos Aires, la Escuela Primaria nro. 11 “Mayor Francisco Drummond” está ubicada sobre la calle Balcarce, entre Lobería y Soldado Sergio Omar Azcárate. ¿De quién se trata? De un héroe de la patria. De un joven al que le apasionaba el fútbol y el automovilismo. Que disfrutaba salir con sus amigos y que, en un futuro, planeaba formar una familia. Viviana Conti era su gran amor y con ella soñaba compartir la vida. A los 20 años dio su sangre por el ideal de recuperar las Islas Malvinas.

Sus padres, hermanos, amigos y vecinos sabían la emoción reflejada en su rostro cuando, mientras trabajaba en el taller familiar, le llegó el telegrama para reintegrarse al Regimiento de Infantería Mecanizado 6, de Mercedes.

Allí había cumplido el Servicio Militar y tuvo que volver para reincorporarse, debido al conflicto del Atlántico Sur. Partió hacia Malvinas el 12 de abril desde el aeropuerto de El Palomar. Azcárate se desempeñó como apuntador de mortero del grupo a cargo del cabo José Duarte, en la zona de Monte Williams. Entre el 1 y el 10 de junio vio cómo aviones británicos bombardeaban cada vez más cerca de su puesto. Lejos de abandonar su lugar, se quedó para intentar derribar alguno. Pero claro, no tenía experiencia en armamento y con evidentes menos recursos para ganar la batalla, no consiguió el milagro que incluso él veía como imposible. A ese corazón que lo caracterizaba cuando gritaba un gol lo dejó por intentar salvar, por lo menos, la defensa de Puerto Argentino.

La Municipalidad de Lobos impuso su nombre a la calle 312, y sus conocidos atesoran el recuerdo imborrable de un héroe que supo regar con su sangre aquel lejano confín de la patria.

René Pascual Blanco

Una personalidad fuerte forjada en las canchas

Por: Jerónimo Castro Vellesi.

Ser árbitro de fútbol le ayudó a René Pascual Blanco a forjar su personalidad. Hay que tener don de mando y carácter para hacerse respetar frente a 22 hombres que luchan por el control de la pelota y procuran vencer a los adversarios. Hombres así encajaban para el Ejército. En el mundo del fútbol aún se recuerda al sargento Daniel Giménez, quien dirigió varios años en Primera y llegó a ser internacional. Giménez estuvo a punto de ir a una guerra, a fines de 1978, pero el Papa Juan Pablo II intervino para evitar una guerra fratricida entre Argentina y Chile impulsada por las dictaduras de ambos países.

Pero Blanco no tuvo la suerte de Giménez: le tocó ir a Malvinas.

Era un hombre de complexión robusta. Su mirada parecía tan firme como el mentón. Se lo veía fuerte como un toro. Tenía los ojos castaños y un cuello vigoroso. Usaba el bigote recortado, típica moda masculina de los años 1970 y 1980. La imagen viril contrastaba con un mote simpático de amigos y camaradas: lo llamaban “Blanquito”.

Había nacido en Cruz Alta, provincia de Córdoba, pero su  familia se mudó a Mar del Plata (confirmar). Estudió en la Escuela Nº 33 del balneario marplatense.

Su  vocación militar lo llevó después a ingresar en la Escuela de Suboficiales en la que después de cinco años egresó como cabo, luego ascendió a cabo primero y la guerra lo encontró como sargento.

En la guerra, integró el Grupo de Artillería 601, instalado en las cercanías de Puerto Argentino. El 3 de junio a las 6:20 de la mañana, tembló la pista de Puerto Argentino por una explosión que se escuchó en varios kilómetros. Un incendio y  gritos eran la evidencia de un ataque aéreo británico. A los pocos minutos, se pudo establecer que un misil inglés, disparado por un avión Vulcan B.2, acababa de impactar en el director de tiro Skyguard, un blindado que lleva un sistema de orientación para la defensa antiaérea.

Al acudir al lugar, se comprobaron las muertes del teniente Alejandro Dachary y de Blanco, y de  los soldados clase 62, Oscar Daniel Diarte y Jorge Alberto Llamas, todos oriundos en Mar del Plata.

Ramón Cirilo Blanco

El héroe de Arroyo Pontón

Por: Guadalupe Ledesma.

La vida casi no había empezado para aquel joven tímido y trabajador cuando cayó abatido por las balas británicas en la tierra helada de Malvinas. Tenía 18 años y se llamaba Ramón Cirilo Blanco, un morocho de facciones regulares y cabello negro. Como buen correntino, era aficionado al mate y al chamamé.

Sus restos tardaron 37 años en ser identificados. Estuvo sepultado en el cementerio de Darwin como NN. Descansaba en una de las tumbas sin nombre, en la isla Soledad. En la placa, como la de otras decenas de caídos argentinos, se leía: “A soldier known unto God” (Un soldado sólo conocido por Dios). Un anónimo héroe de guerra.

Ahora la sepultura tiene nombre y su familia puede estar segura que allí está aquel muchacho sereno.

Blanco había nacido el 7 de julio de 1963 en Arroyo Pontón, San Luis del Palmar. Su madre había tenido que emigrar hacia Corrientes capital para conseguir un empleo, y en ese lugar Ramón fue criado por una tía y una abuela. Desde niño tuvo que salir a ganarse el pan en los campos algodoneros, razón por la cual nunca pudo finalizar la primaria.

Era una buena persona, tímido, trabajador y muy reservado, y en los ratos libres disfrutaba de ir a bailar con amigos. Fue alistado en el Regimiento de Infantería Mecanizada 12 de Mercedes, Corrientes. Uno de las unidades  militares con mayores bajas en la guerra. Sin conocimiento militar y sin saber leer fue transportado a Paraná y luego a Río Gallegos.

Blanco tuvo que acampar a la intemperie junto a sus compañeros, con quienes esperaba la hora de iniciar el puente aéreo a la zona de combates. Así lo llevaron a las colinas de Darwin, el 24 de abril de 1982.

Su familia no supo de su muerte ni de sus restos, hasta 2019 que conocieron la verdad mediante la identificación de su cuerpo, a cargo del Comité Internacional de la Cruz Roja y el equipo Argentino de Antropología Forense. Reconocieron su cuerpo y le dieron identidad a la tumba.

Sus seres queridos recibieron el acta de defunción. El ejército informó su fallecimiento el “10 de junio de 1982, en acciones de guerra de Malvinas”, sin más datos.

Años después, alumnos de la escuela 784 de Arroyo Pontón investigaron su historia y lograron que una pared del establecimiento, luce una placa de bronce con la inscripción “Héroe de Malvinas Ramón Cirilo Blanco”.

Carlos Agustín Díaz

Por: Ruth López.

Quizás la veamos como una de las provincias más vulnerables de la República Argentina, sin embargo en ese territorio nació una persona valiente y honorable. Chaco, en el Noroeste argentino, es la región donde se destacan los cultivos de algodón, soja, la producción de ganado vacuno y la extracción de madera. Allí, de una zona rural conocida como General Pinedo, surgió uno de los 649 héroes argentinos caídos en Malvinas. 

Era una tarde calurosa, Carlos Agustín Díaz, el jóven chaqueño simpatizante del club xeneize se encontraba recostado en una silla mientras visitaba a una vecina del pueblo. Estaban escuchando la radio de fondo y en ese momento oyeron que desde el aparato ubicado en la mesada del living una voz dijo: “El Soldado Conscripto, Carlos Agustín Díaz, debe reincorporarse al Regimiento de Infantería 12”. Y así fue. 

Se dirigió al patio donde se encontraba atado su caballo, su mejor amigo incondicional:  “Colorado”. Lo montó y se dirigió a la casa de sus padres para darle la noticia. 

Felix Díaz y Victorina Jardines no imaginaban que esa tarde sería la última vez que verían a su hijo. Pero Carlos presentía que algo podía pasar. Cuando bajó del caballo se despidió del animal con una frase: “Colorado, no sé si nos volveremos a ver”.         

El 2 de abril de 1982 comenzó la guerra que finalizó el 14 de junio. Poca o casi nula era la información que se tenía de Díaz. Pese a la incertidumbre, con sol, lluvía, tormenta o granizo, su padre recorría 30 kilómetros en bicicleta para llegar al centro de la ciudad y así poder recaudar datos. Muchos eran los dichos de vecinos del pueblo: que estaba herido, que le faltaba una pierna, que estaba muerto.

Pasaron los días, los meses, los años, hasta que en 2017 Felix perdió la vida sin tener novedades sobre Carlos, uno de sus ocho hijos. Entre el dolor, la angustia y la inquietud, pasaron cinco meses hasta que Victorina recibió una noticia desoladora pero que terminaría con su pregunta. Su hijo, el joven que al momento de partir tenía tan solo 18 años, había sido uno de los tantos soldados caídos en Malvinas. 

“Fue feísimo para mí, yo lo esperaba tanto a mi hijo”, fueron las palabras desgarradoras de su madre. “Es un orgullo saber que hay una escuela, en la que estuvo poco tiempo, y una calle tienen su nombre”, agregó. 

A pesar del dolor que causó la guerra para tantas personas, Carlos Agustín Diaz, como muchos de los otros soldados que dieron su vida, quedarán en la historia y en la memoria de todos sus seres queridos. Son la razón para hoy poder decir: “Nunca más”.

José Luis del Hierro

De hacer aviones de papel a estar en la Guerra de Malvinas

Por: Agustín Pereira.

Corría el año 1982. Iban con el Falcon bordó de la familia desde Mar del Plata hasta La Plata, al Regimiento. Su mamá lloraba y le rogaba que no se presentara, que él ya había hecho el servicio militar, que se tomara un avión a Uruguay y desapareciera. Pero él, como la gran mayoría, nunca imaginó que sería una guerra tan desigual como fue la de Malvinas. No le quería fallar a sus compañeros, tenía que estar. Así arrancó el principio de lo que después sería el final para José Luis del Hierro.

Nació en la ciudad de Mar del Plata en el año 1963, en una familia típica de clase media. Junto a sus otros dos hermanos, Juan y Juan Miguel, ambos más chicos que José Luis, iban juntos al mismo colegio, el Instituto Peralta Ramos. Era tanta la pasión que José Luis tenía por los aviones, que apenas terminó con sus estudios ya tenía en claro qué carrera quería seguir: Ingeniería Aeronáutica. Desde que era muy pequeño hacía aviones de papel o de madera balsa. A veces, hasta les agregaba un motor. También los dibujaba y pintaba.

En el año 1980 José Luis fue llamado para cumplir con el servicio militar obligatorio en el Regimiento Nº 7 de La Plata. Lo hizo durante todo el año siguiente hasta que fue dado de baja en noviembre de 1981. Con el comienzo de la guerra, fue reincorporado el 9 de abril de 1982. Ya en Malvinas, la comunicación con su familia era muy poca. Su hermano Juan del Hierro aseguró: “Fueron días complejos por no tener muchas noticias de lo que pasaba, sólo era la televisión y la radio la que informaba”. Por entonces, apenas se podían mandar cartas o telegramas, aunque llegaban mucho tiempo después.

El 21 de junio de 1982, la familia de José Luis fue a La Plata a buscarlo, después de que saliera en las noticias que los soldados volvían de Malvinas. Según su hermano ese fue el momento más dramático. Pasaron todo el día en la puerta del Regimiento, hasta que recién a la 1 de la mañana llegaron casi diez colectivos con soldados. José Luis no se encontraba entre ellos.

Miguel Ángel Clodoveo Arévalo

Por: Agustín Gómez Osti.

El General de Brigada (post mortem) Miguel Ángel Clodoveo Arévalo fue uno de los pocos héroes caídos en Malvinas que era militar de carrera. Cuando falleció era director del Liceo General Roca en Comodoro Rivadavia y, semanas antes de morir, había sido nombrado Jefe de la Seguridad del Litoral Marítimo ante una posible invasión británica. Era la persona idónea para el cargo, ya que el establecimiento que dirigía tenía como prisioneros a algunos de los soldados enemigos que se habían rendido el 2 de abril de 1982.

Él y otros nueve efectivos perecieron en un accidente aéreo el 30 de abril. Se habían trasladado desde Comodoro hasta Caleta Olivia, el día anterior, por un supuesto desembarco británico, por lo que enviaron 20 personas en dos helicópteros para neutralizar cualquier amenaza. En el retorno a la base, las dos aeronaves tomaron distintas rutas y sólo una llegó a destino: la otra explotó misteriosamente y se precipitó al mar. De allí rescataron solo cuerpos sin vida.

Su deceso es heroico, pero hay hechos que son imposibles de olvidar. Si el General estuviese vivo, estaría condenado desde 2009 por los crímenes de lesa humanidad que cometió durante la dictadura cívico militar iniciada en 1976. Una carta de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, luego de un homenaje a Arévalo y otros caídos en 2012, manifiesta que él “no es ningún Héroe de la Patria, sino que es un miserable asesino que secuestró a Floreal Avellaneda y a su madre Iris Pereyra para luego entregarlos a quienes les dieron muerte en Campo de Mayo”. Acá todavía se discute cómo considerarlo, pero su juicio queda reservado a Dios.

Omar Alberto Ávalos

Por: Agustín Palacios.

“Los restos analizados, codificados como D.A.1.8, corresponden a Omar Alberto Ávalos, DNI 16.029.342”. Así concluye el informe forense. “Leto”, para su familia, es uno de los soldados enterrados en el cementerio de Darwin bajo la leyenda de “solo conocido por Dios” que recuperaron la identidad.

Correntino, de Mercedes, e hijo de Pedro y Carmen. Quiénes lo conocieron dicen que hacía muchos chistes con sus amigos y era tímido con los desconocidos, “un típico paisano de Corrientes”, lo recuerdan hoy. Trabajaba con su padre en una estancia del paraje Naranjito, era rápido en sus quehaceres y generoso con sus compañeros.

María, novia de uno de sus hermanos, vivía cerca del Regimiento nro. 12 de Mercedes. Vio un camión con soldados y entre ellos estaba Omar, quien le pidió que le avisara a sus padres que estaban yendo a la guerra. Cuando llegaron a la estación ya era tarde. Los trenes estaban por arrancar y solo llegaron a divisar algunas manos saludando. No pudieron despedirse. Jamás lo volvieron a ver. Para Carmen fue muy doloroso por no haberle dado su “bendición de madre” y se culpaba de que por eso él se quedó para siempre en Malvinas.

Algunos soldados que regresaron les contaron que Omar había muerto intentando desactivar una bomba, otros que estaba vivo e incluso que venía en un micro y en Puerto Madryn bajó a fumar y nunca volvió a subir. Estos erráticos testimonios incrementaban las esperanzas en su familia. Todos los días, Pedro y Carmen se despertaban a las cinco o seis de la mañana para tomar mate en la puerta y esperar la vuelta de su querido hijo. Durante un nuevo amanecer de 1985, mientras Pedro le cebaba unos mates, el corazón de Carmen ya no soportó tanto dolor.

Omar Alberto Ávalos había muerto de un disparo en el pecho durante los combates del 11 de junio de 1982 en el Monte Harriet. Lo único que tenía entre sus pertenencias, según el informe forense, era una latita vacía de caramelos “Lemon Fruits”, sus favoritos, esos mismos que su madre le daba cuando era chico a cambio de una sonrisa.

Oscar Humberto Blas

El sargento de semblante serio y corazón enorme

Por: Santiago Fiorda.

Su familia y el Ejército argentino eran las dos pasiones de Oscar Humberto Blas. Tenía un carácter fuerte, pero era alegre y conversador. Lo apodaban “Pirulo”.

Había nacido en Salta el 18 de agosto de 1949. En 1978, conoció a su amor: Nora del Valle Juárez, cajera en un supermercado de San Miguel de Tucumán. Todo sucedió rápido. A los siete meses se casaron y al año nació Alejandra, su primogénita. Luego llegaron Facundo y Walter.

Sin embargo, en mayo de 1982 sus vidas cambiaron para siempre. A Oscar le llegó la noticia de que había sido convocado a la Compañía de Comandos 602, una fuerza especial, para combatir en las Islas Malvinas. Nora le imploró que no fuese. Estaba en camino Lucía, la cuarta hija, pero él le respondió: “Tengo que estar ahí. El 90% de mi vida se la debo al Ejército y el 10% a vos”.

La Compañía arribó a las Islas el 29 de mayo. Un día después, le tocó una misión de exploración a territorio enemigo en Bluff CovePeak. Le ordenaron ir con un teniente hacia un gran peñasco desde donde se habían oído disparos.  Minutos después se escucharon tiros, gritos y ráfagas de ametralladora. Allí murieron el Sargento 1° Oscar Humberto Blas y el Teniente 1° Rubén Eduardo Márquez, en un enfrentamiento con el Special Air Service (SAS).

Oscar tenía 32 años. Su cuerpo yacía en el Cementerio de Darwin como “Soldado argentino solo conocido por Dios”, hasta que el 7 de diciembre de 2017, la familia recibió la noticia de una prueba de ADN y la identificación de los restos.

El sargento de rostro serio y corazón enorme recibió la Medalla de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate, por alertar a sus camaradas y ofrendar su vida para que pudieran replegarse. Una calle salteña del Barrio Limache y la Escuela Nº 4421, inaugurada en 1982 en el paraje El Churcal, llevan su nombre.

Su hijo Walter tomó el legado: hoy es sargento 1° de Artillería, y cuenta que sus hijos, los nietos de Oscar, siempre hablan con orgullo de su abuelo héroe.

Ángel Fidel Quispe

Hombre coraje

Por: Federico Abet.

Ángel Fidel Quispe nació el 26 de agosto de 1958 en Sansana, departamento de Yavi, provincia de Jujuy. Era hijo de don Silverio Quispe y doña Bernardina Centeno.

Los estudios primarios los realizó en la escuela “De la Patria” de Palpalá, mientras que los secundarios los cursó en la Técnica 1 “General Savio”. En 1976 ingresó a la Escuela Sargento Cabral. Su primer destino fue el grupo de Artillería Blindado 2 con asiento en Rosario del Tala, Entre Ríos. El 31 de diciembre de 1980 fue transferido a la Escuela de Artillería “Tte. General Lonardi”, ubicada en Campo de Mayo, Buenos Aires. El 7 de abril de 1982 lo trasladaron al Regimiento 3 de Paso de los Libres, Corrientes, para ser movilizado posteriormente con destino a las Islas Malvinas, donde fue al teatro de operaciones del Atlántico.

En la guerra integró el grupo de Artillería de Monte 3, cumpliendo la función de cabo primero. Durante la batalla del Monte Longdon, el grupo realizó apoyo de fuego disparando contra los británicos que asaltaron el lugar. Hace un tiempo, el suboficial mayor Justo Ramón Zambrano recordó el coraje de Ángel que derivó en su muerte el 13 de junio: “Al quedarnos sin comunicación, el Cabo se ofreció a llevar los datos de tiro del cañón 15-5, que estaba detrás de un laboratorio inglés, pero al salir recibió un fuego contra batería. La artillería inglesa nos bombardeaba y ahí perdió la vida”. Sus restos descansan en el cementerio de Darwin, en las Islas Malvinas.

 En San Salvador de Jujuy existe una calle con su nombre. Además, en julio de 1991 la Legislatura provincial sancionó la Declaración Nº18, solicitando al Poder Ejecutivo el emplazamiento en un lugar público de La Quiaca, de un monolito que perpetúe su memoria. Sin embargo, este acto fue postergado de forma indefinida. Más de tres décadas después, aún se espera por el homenaje.

Juan Alejandro Ayala

Por: Paulina Plaza Maisón.

La responsabilidad y seriedad eran dos cualidades sobresalientes en Juan Alejandro Ayala, aunque estas no empañaron su alegría y jovialidad. Nacido en Tres Isletas, en la provincia de Chaco, era extremadamente respetuoso, y daba suprema importancia al valor de la justicia. Respetando las tradiciones, en sus tiempos de adolescente, Ayala recitaba poemas gauchescos. También manifestaba sus inclinaciones musicales entonando canciones mexicanas. Desde muy corta edad trabajaba en el campo, en compañía de su caballo, su más fiel compañero.

Al saberse la noticia de la recuperación de Malvinas “Juancito”, como lo llamaban parientes y amigos, se  hallaba muy entusiasmado. Aconsejaba a su madre que no llorase por él, ya que de cualquier forma moriría alguna vez. Pensaba que, ante el hecho inevitable de la muerte, era un honor hacerlo por la Patria. 

El 27 de abril de 1982 fue trasladado a las Islas Malvinas como integrante de la Compañía B del Regimiento Infantería nro. 4, de Monte Caseros (Corrientes), al que se había incorporado el año anterior.Cuando su regimiento fue desmembrado para ocupar diversas alturas de la geografía del archipiélago, le tocó la defensa del Cerro Enriqueta (Monte Harriet), situado a unos 50 kilómetros de Puerto Argentino, con el rol de sirviente de mortero. En un feroz ataque de los británicos para conquistar esa posición, Ayala encontró la muerte el 12 de junio de 1982, a sus 19 años, junto a otros cinco camaradas.

Su cuerpo descansa en el sector este del cementerio argentino de Darwin. El Registro del Estado Civil el 9 de agosto de 1982 inscribe su defunción mediante acta nro. 170 consignando el deceso el día 10 de junio en hora desconocida. Su nombre quedó inscrito a perpetuidad en el muro oeste, placa 2, línea 20 de este camposanto. Como los demás, fue ascendido a cabo post mortem y se le otorgó la condecoración “La Nación Argentina al muerto en combate”.

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