El soldado que brillaba por su esencia

Por: Valentín Parrilla.

Un hombre definido por su bondad, confiabilidad, buen consejero y muy familiero: “El rasgo principal que tenía Alejandro era su bonhomía, era un buen tipo. Te aconsejaba, se podía confiar en él. Siempre estaba de buen humor y apoyaba a sus compañeros sin importar qué. Además, ante todo siempre hablaba de su esposa Silvia y su hijita Victoria, quien apenas era una bebé”, contó Alberto Osmar Sosa, excombatiente de la guerra de Malvinas, camarada y amigo de Pereyra.

El ex sargento primero no solo se destacaba por su humanidad, sino que era muy hábil en el mantenimiento de vehículos militares. Allí se desempeñaba en La Usina, donde existía un taller de combustible en Puerto Argentino: “Tenía una sapiencia que lo hacía sobresalir a la hora de arreglar armas y transporte en desuso. De hecho, ayudó mucho en la preparación de una cohetera de un avión Pucará y lo montó en un jeep terrestre”, dijo Sosa.

En cuclillas, Alberto Sosa apoyando su brazo sobre Alejandro Pereyra, en el taller de reparaciones “La Usina”, de Puerto Argentino.

La familia tuvo un rol fundamental, no solo como soporte para aguantar las noches largas, frías, con hambre y ruidos de metrallas, sino también como parte primordial de tener un por qué y por quién luchar.

Sus grandes objetivos eran volver al país a continuar trabajando para el Ejército y reencontrarse con su esposa Silvia y su hija Victoria, pero aquella noche del 14 de junio, en las últimas horas de la Guerra, todo cambió. Nadie pensaba que bombardearían La Usina debido a que era una zona de combustible. Pero lo hicieron. Un proyectil alcanzó a Alejandro Pereyra y a sus compañeros Pedro Larrosa, Juan Hernández y Néstor Casas. Fueron cargados en una camioneta Dodge y trasladados heridos al hospital de Malvinas. Pero ya era muy tarde.