PRIMERO LA VIDA DEL COMPAÑERO; DESPUÉS, LA PROPIA

Por: Santiago Laporte

Julio Saturnino Castillo nació el 19 de agosto de 1943 en El Malacara, Departamento General Taboada de Santiago del Estero. En 1966 ingresó en la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina hasta llegar al Batallón de Infantería Nº5, una de las unidades que operó en las Islas Malvinas.

Castillo padecía epilepsia y, aunque la enfermedad se lo impedía, eligió combatir en las Islas. De hecho, en Malvinas debió ser internado por durante dos días. Una vez recuperado, su superior quiso enviarlo de regreso a su hogar, pero pidió regresar con su gente, lo cual fue aceptado por sus condiciones de mando y valentía. “Señor, de aquí no me quiero ir hasta que hayamos terminado de hacer lo que tenemos que hacer: luchar”, recuerda su jefe inmediato, el teniente de corbeta de Infantería de Marina Carlos Daniel Vásquez.

Su muerte es una de las más emblemáticas de la guerra: el 14 de junio se encontraba en el Monte Tumbledown junto con la 4ª Sección de tiradores de la Compañía Nácar, que buscaba contener el avance de la Guardia Escocesa. Fueron atacados mientras aguardaban en un montículo rocoso. Castillo observó cómo estaban hiriendo al cabo segundo Amílcar Tejada y al conscripto José Luis Galarza, cuando intervino. “¡Inglés hijo de puta!”, le gritó a uno de los soldados británicos e intentó interrumpir el ataque, pero recibió un disparo en su espalda.

Tras su muerte, Castillo fue galardonado con la Cruz al Heroico Valor en Combate, condecoración más alta otorgada en el país. Además, la Armada Argentina bautizó con el nombre ARA “Suboficial Castillo” a un aviso incorporado a su flota de mar.

En una de las pocas cartas que pudo enviarle a su esposa, escribió: “Si tengo que morir, quiero morir acá”. Y así fue. Falleció como un héroe en combate.