Por: Emiliano Attadia.

Fernando Jesús Lugo fue el 10 de Boca que no tuvo la oportunidad de demostrar toda su condición futbolística, porque una guerra se la arrebató. “El Chino”, como solían llamarlo sus amigos y familiares, se crió pegado a la radio, atento a cada resultado del Club de la Ribera durante la década del ’70. Por ironías del destino, a su jugador favorito también lo apodaban “El Chino”. Y hay más, porque tanto Fernando como Jorge José “El Chino” Benítez eran de contextura baja y delgado, ideales para un volante rápido y con llegada.

Lugo nació en Laguna Blanca, una localidad de Chaco en la que pasó la infancia y adolescencia, antes de mudarse a Makallé. Los días se compartían en familia. Con Don Gregorio, su padre; Apolinaria, su madre (que había tenido cuatro hijos de su anterior matrimonio); y su media hermana Nilda, que hoy lo sigue recordando muy cercano: “Era una vida muy linda. Teníamos más cosas para entretenernos que el día de hoy. Nos gustaba fabricar barriletes, teníamos mucha imaginación para hacer esas cosas”.

Fernando había tomado la comunión y asistía a misa los domingos y era feliz con lo que tenía. Además del fútbol, estaban las figuritas (con las que, de paso, aprendía cosas), las bolitas y, por supuesto, la gomera, con la que mostraba su destreza: “Tenía una puntería extraordinaria”, recuerda Dante Cuadra, su amigo de la infancia.

Era inquieto e imparable. Cuando no estaba practicando natación en una laguna cercana, se fabricaba guantes de boxeo caseros para emular a Carlos Monzón.

Pero la guerra de las Malvinas fue la injusticia más grande que le tocó vivir. En mayo de 1982, le tocó formar parte de la Compañía “A” del Regimiento 12 de Infantería de Mercedes, Corrientes, y combatir en las batallas más sangrientas: en Pradera del Ganso y en Puerto Darwin. Tus restos descansan allí, pero su sonrisa pícara está en la mente de todos los que lo recuerdan.