Por: Facundo Volcovich.
Gerónimo Maciel nació en “Presidencia de la Plaza”, cien kilómetros al oeste de Resistencia, Chaco, en 1962. Hijo de Jesús Maciel y Genara López, vivió junto a sus cuatro hermanos y dos hermanas en una casa de campo con muchos animales, rodeada de un patio con algarrobos frondosos y prolijos.
“Era travieso, pero todos lo querían y tenía muchos amigos”,rememoró la madre de Gerónimo. “Le gustaba pasar el día con ellos jugando al fútbol, salir a bailar por las noches y se llevaba muy bien con los animales, entendía cómo cuidarlos”, continuó.
Antes de irse a cumplir el servicio militar, un vecino dueño de una gran estancia le propuso que trabajara con él cuando volviera al pueblo, luego de ver lo bien que se desempeñaba atendiendo a los caballos y las vacas. Sin embargo, no pudo regresar.
Poco tiempo después de terminar la colimba, en abril de 1982, mientras viajaba a la capital de Chaco para volver al cuartel de la compañía, a Gerónimo le llegó la noticia de que el ejército inglés estaba llegando a las Islas Malvinas. Al final del mismo mes se fue a la guerra como soldado conscripto del Regimiento de Infantería 5 del Ejército.
“Al poco tiempo de llegar, el subteniente Emilio Samyn Ducó lo ascendió a secretario, dado que era un soldado muy cumplidor con sus deberes”, contó Jorge Cantero, compañero suyo de regimiento, quien lo recordó como “un buen vago” y que “se llevaba bien con todos”.
El deseaba volver al campo, era lo que más quería. “Vos sabés, ‘Canterito’ ¿será que se va a terminar esto?¿O vamos a terminar todo acá en la isla?”, le preguntó a su compañero. Quería volver a su casa para cuidar de los animales, la chacra y comer pan casero, torta frita y batata asada que cocinaba su madre. Así se lo había escrito a ella en una carta que nunca le pudo entregar.
A su compañía le designaron ir a Puerto Mitre (Puerto Howard), en el noreste de la isla Gran Malvina, para contrarrestar una posible ocupación británica. Fue allí donde el 26 de mayo por la mañana, en un bombardeo por parte de dos aviones Sea Harrier, la cancha de fútbol se quedó sin su jugador, la pista de baile sin su bailarín, y los caballos sin su cuidador favorito.