Por: Dante Infantino.
Sin cancha, sin arco y hasta a veces sin pelota, el fútbol parecía ser el único recreo que Daniel Omar Luque tenía, pero no un recreo de la primaria o de la secundaria, sino de las arduas jornadas en el campo al que le dedicó casi toda su vida.
Oriundo de la localidad de San Luis del Palmar, Corrientes, “Dani” pasó ahí sus primeros años, hasta que la pérdida de su padre puso patas para arriba su vida y la de sus hermanos. En aquel entonces (cuando eran ‘’pobres, tristes y sin un peso’’ como recuerda su hermana María) su madre, Gabina, sabiendo que no iba a poder darle a su hijo la vida que merecía, decidió dejarlo con su tía. Mientras tanto, ella y su hija mayor probarían suerte en Buenos Aires.
Fue allí, en las desoladas tierras de Saladas, donde Daniel conoció las labores con el trigo y el maíz.
Día tras día, cosecha tras cosecha y siembra tras siembra, fue marcando su personalidad. “Un chico de campo, inocente pero picarón, tranquilo pero bromista, comprensivo pero terco. Dual como cualquier pibe en esos años”, lo describen sus hermanos.
No fue sino hasta los diecinueve que, por primera vez, tuvo la oportunidad de viajar. Lo esperaba la guerra y el destino terrible que comparte con más de 600 argentinos. El frío austral de las islas debió ser terrible, más para Daniel que nunca había experimentado algo semejante, o al menos así lo supone su familia, que nunca pudo comunicarse.
Sin saber leer o escribir, Daniel embarcó a las Islas Malvinas el 15 de abril de 1982. Su madre y sus hermanos, aún en Buenos Aires, se enteraron varias semanas después. Su tía, ‘’la Blanca’’, lo despidió muy triste, pero con la falsa promesa de que serían tan solo por unos meses.