Por: Ignacio Lanzillotta.

“Yo iba todos los días al correo a ver si había una noticia”, relataba Celinda Espinoza, madre de Ricardo Andrés Austin. La estafeta quedaba a escasos 300 metros de su casa, pero si hubieran sido miles de kilómetros igual los hubiera recorrido. Ricardo había ingresado al Servicio Militar Obligatorio en febrero de 1982, en el Regimiento de Infantería nro. 25 de Sarmiento, Chubut. A fines de marzo, cuando apenas llevaba un mes allí, lo enviaron a la guerra.

A sus 18 años, trabajaba en una estancia ubicada a 30 kilómetros de Tecka, el pueblito donde nació y se crió, en el oeste de Chubut. Era un joven bueno, honesto y agradable. Durante la semana vivía en el campo y en sus días libres volvía a su casa a visitar a sus hermanos y a su madre. Con ella eran muy unidos. Disfrutaban de pequeñas cosas, unos mates con facturas los sábados a la tarde, algo rico en los almuerzos de domingo. Esos dos días que tenía para compartir los explotaba al máximo. No le gustaba salir, jugar a la pelota, tampoco tenía muchas amistades, con su familia le alcanzaba y sobraba. La pérdida de su padre, cuando tenía siete años, le enseñó que allí estaba todo lo que necesitaba.

En Tecka hay un monumento en la plazoleta que lleva su nombre. Pradera del Ganso fue el campo de batalla que lo vio caer junto al sargento Sergio García y el soldado José Allende, el 28 de mayo de 1982, tras una maniobra británica de contraataque.

Celinda seguía enviando telegramas esperando noticias sobre su hijo, cada tanto recibía una respuesta con un “sí, está bien”, incluso cuando ya había muerto. Un mes y medio después, durante el cual su madre seguía yendo al correo con las esperanzas intactas, llegó la infausta noticia del fallecimiento de su hijo.